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viernes, 8 de octubre de 2010

Lo de esa mamarracha es Sanidad Púbica


Martes 28 de septiembre de 2010. Roberto, un joven de 21 años se despierta con fiebre muy alta, devolviendo, lleno de mocos. Está a punto de estallar. Aunque espera un par de horas, y se toma un paracetamol, su cabeza no mejora. Y ya lleva así un mes y medio. Sin dudarlo, acude al servicio de Urgencias del hospital La Fe, en Valencia, donde vive. Allí le atienden enseguida y, pese a la pastilla para la fiebre, la temperatura le ha subido medio grado más. Tiene taquicardia, se encuentra extasiado. Tras una hora de espera, lo recibe una doctora. Es rubia, de talante encantador. Se muestra atenta, incluso servicial.

La doctora López manda a Roberto, tras explorarlo primero en la camilla, unos análisis completos de sangre y unas placas de tórax. Y le aconseja acudir a enfermería a tomarse otro paracetamol. Después de tres horas y media más, la temperatura le ha bajado considerablemente, pero sigue encontrándose como si le golpeasen la cabeza. La doctora, que vuelve a recibirlo, lo tranquiliza: “Los rayos han salido perfectos. No tienes pulmonía. Y los análisis también están bien. No hay índices de infección, ni de anemia, ni de nada…” La pausa es corta pero reveladora. Hay algo que está fallando. “No me parece normal que lleves dos meses con fiebre, aunque te tomes ibuprofeno, gelocatil, o lo que sea… Y además, te han mandado ya tres antibióticos y no mejoras”.

Ante la cara de incertidumbre de Roberto y la de su madre, visiblemente angustiada, la doctora sentencia: “No sé qué te pasa, y aquí no te puedo ayudar”. Ahora sí, algo falla. Pero esta vez no es el cuerpo de Roberto –que también- sino el sistema en sí. La seguridad social pública española. La madre de Roberto, que no consigue evitar mostrarse indignada, suelta con fuerza: “¿Me está usted diciendo que en un hospital no se le puede hacer nada más a mi hijo?”. “No me eche a mí la culpa”, le espeta rápidamente la doctora. Y cierto es, dentro de los protocolos de Sanidad en la Comunitat Valenciana, la señorita López no podía hacer nada más. “Además, Roberto no parece estar en riesgo de muerte. Respira, habla, anda”. Es un alivio saberlo.

Así que Roberto y su madre se fueron a su casa, resignados, sin saber por qué, desde hace dos meses, algo le está produciendo fiebres altas a Roberto. O sea, a mí. Y no hay ningún médico (porque el asunto se repitió dos días después y luego otro más) que sea capaz de diagnosticar nada. A mí me parecería frustrante haber estudiado seis años de carrera de Medicina para no saber qué le pasa a uno de mis pacientes. Y me parece, todavía más terrible, que se le mande a casa sin seguir haciéndole pruebas. Sin embargo, ninguna de las tres doctoras mostró la más mínima compasión. En realidad una sí. La doctora (alergóloga) María Nieto fue la única que intentó ganarse la definición de médica y me envió a Medicina Interna, además de decidir que me realizaran unas pruebas de inmunoglobinas, para comprobar si quizá es mi sistema de defensas el que se ha atrofiado.

La doctora de Urgencias no sabía responder a mis síntomas y mi doctora de cabecera diagnosticó que “exageraba”. “Quizá no tengas tanta fiebre”, logró decirme mientras yo visualizaba una escena en la que el Titanic salía de las profundidades y se le incrustaba en un ojo una y otra vez. Mamarracha. Hoy, este Odio renace a escasas dos semanas para el primer aniversario. Después de cinco días sin fiebre, a saber por qué, vuelvo a este pequeño blog que tantas veces, como ahora, me ha ayudado a desahogarme.

Pero este artículo no va a servir para Odiar. Ni a la Sanidad pública. Ni al equipo médico que me atendió la primera vez, ni la segunda, ni la tercera. Ni a la fantástica doctora que, con una sonrisota a lo presentadora de un Call TV me envió para casa, cuando la que debía quedarse durmiendo era ella. Por incompetente. Por necia. Porque lo de esa maldita estúpida no es Sanidad Pública, sino Púbica. No quiero ni pensar cómo habrá llegado hasta ahí. Púbica, más que púbica. Tampoco voy a odiar a mi cuerpo por subirme la temperatura sin razón aparente. Hoy lo que voy a hacer es cagarme en todos ellos y desearles una diarrea de una semana sin cesar. Ahí, a lo Cataratas del Niágara. Y a tomar viento fresco.

El domingo ya escribo algo más decente, que hoy necesitaba contar que sigo vivo aunque nadie sepa por qué. O por qué no. ¡Feliz Día del Odio a todos! ¡Ya he vueeeeelto...!

Roberto S. Caudet

martes, 10 de noviembre de 2009

Recibo la llamada cual Fallera Mayor: he dado negativo



Me despierto. No puedo respirar. Me ahogo con cada bocanada de aire que intento coger. Pego golpes a modo de socorro. Son apenas las siete de la mañana y mi madre entra al cuarto asustada. Desde hace diecinueve años conoce de primera mano las crisis asmáticas. Sabe identificar una cuando la ve. Por suerte, es una falsa alarma, y consigo respirar, en ese instante, con una mediana normalidad. Es el cuarto día seguido que me pasa. Y tengo fiebre altísima. Amén de mocos para todo un regimiento. Mi médico de cabecera me diagnosticó un constipado y me dio jarabe mucolítico. Un matasanos, que diría mi abuelo.

Decidimos esperar a que mi madre vuelva de trabajar para irnos al Hospital público de mi zona. Como viene explicado en el Manual “Cómo hacerse el muerto para que te atiendan en un hospital público de urgencias antes de los cinco primeros días”, fingí que en ese momento tampoco podía respirar en absoluto. Mi madre da los datos por mí. Acto seguido, la recepcionista me da una mascarilla por si tengo Gripe A y me aconseja –me ordena, realmente- que vaya al baño a lavarme las manos. Primera sorpresa. El baño de hombres de Urgencias del Hospital La Fe de Valencia NO TIENE JABÓN. Ni siquiera hay máquina. ¿¿¿??? Pues eso.

Una vez mojadas y secadas mis manos… Me espero en la sala donde te hacen el primer reconocimiento. Las pulsaciones son altísimas y tengo fiebre por encima de 38.5º. Quince minutos después me llama la doctora. Tiene pinta de residente, aunque me transmite absoluta confianza. Me habla como si fuera un bebé pero se la ve segura de sí misma. Me gusta. Me sigue preguntando cosas, me mira la garganta. Habla de una posible faringitis. Sigo con la mascarilla puesta. Y sin jabón en mis manos.




Me voy a la sala de espera una vez la visita del médico. Pasa media hora cuando me llaman del análisis de sangre y las placas de tórax. Cada persona que me ve, sea dentro del Hospital o fuera, se aparta automáticamente. Es como si pudiera morderles y contagiarles la muerte. O como si con mirarme fueran a recibir como premio una cita nocturna con Manuel Fraga. O peor: es como si en lugar de mascarilla estuviera regalando CD's de Guarronna y Sosana.

Después de otras 4 horas y media (o sea, que entré hace cinco horas y veinte minutos) me llama la doctora. A todo esto, he permanecido sentado donde me ha dado la gana. En cuanto miraba fijamente a alguien, un asiento quedaba libre. Es como jugar a ser Dios. Sin necesidad de Mandamientos o un Arca gigante. Y todo por una mascarilla que además es absolutamente incómoda. Mi doctora confirma: faringitis aguda con una leve infección. Por si acaso, al ser grupo de riesgo, me hacen las pruebas de la Gripe A. Sólo me quito la mascarilla en ese momento, pero se la pone la enfermera que me ayuda a hacer la felación al palito, ¿qué pasa? A ver cómo le llamaríais al hecho de meterse un bastoncito de veinte centímetros hasta la laringe y urgarte un poco con él. Guarrona lo llamaría "La Garganta Bonita".




La doctora me dice, pues, que me puedo quitar la mascarilla, AL SALIR DEL HOSPITAL, aunque hasta veinticuatro horas después no sabré si puedo tener la Gripe A. Muy tranquilizante. Esto es peor que cuando Mercedes Milà te dice que estás nominado. Me da una cajita de Tamiflú para que me lo vaya tomando, por si acaso. Muchas más esperanzas, no cabe duda.

De camino a casa me monto en un autobús donde puedo haberme topado con 40 personas, entre las que suben y bajan.. Me cruzo andando a unas 60 personas y además mi madre y mi padre tienen contacto directo conmigo durante las veinticuatro horas. Antes de que me llamen para decirme si soy o no griposo, alrededor de 300 personas podrían haberse contagiado ya. La mañana siguiente recibo la llamada cual Fallera Mayor. Pero no es Rita. Ni yo tampoco llevo peineta. He dado negativo. Alegría. Aunque yo me pregunto:


¿Es realmente necesario estar esperando cinco horas a que me atiendan?
¿Pondrán jabón en el baño aunque sólo sea por higiene habitual?
¿La gente es consciente de que la mascarilla es un trozo de tela, no de arsénico?
¿Hasta qué punto es normal que den Tamiflú a todo aquel que vaya con un cuadro de faringitis, anginas o gripe como medida preventiva? ¿Somos conscientes del gasto público generado?
¿Por qué no me obligaron a estar en mi casa las siguientes veinticuatro horas si podía ir contagiando a medio país?
¿Llevaba dibujada en la mascarilla una foto de Sosana?


Odio la seguridad pública.
Odio los hospitales en general.
Odio al personal tranquilo y pasota que pulula en ellos.
Odio ponerme enfermo.
Odio la paranoia por la Gripe A.
Odio las mascarillas.
Y odio –con respecto a ayer- a los fans de Guarronna que piensan que yo no puedo odiarla por el mero hecho de ser fan del pop y gay. Con más razón, ¿no?
Hasta el jueves.

Roberto S. Caudet