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miércoles, 29 de febrero de 2012

Un nuevo periodismo


La guerra es la viva imagen de la decadencia máxima del comportamiento humano. Un claro desentendimiento entre sociedades que conlleva a la destrucción y la muerte. Si las primeras guerras se organizaban mediante el llamado “cuerpo a cuerpo”, ahora se pueden maniobrar desde la distancia. Aviones y misiles de gran alcance resultan mucho más devastadores que cientos de hombres armados con arco y flechas, como antiguamente. Aún así, una guerra suele tener varios escenarios claros y, entre ellos, siempre destaca el lugar en que caen las bombas o se dispara a más personas.

Con este panorama descrito, informar de lo que sucede en una guerra resulta una tarea muy complicada. En algunos casos, verdaderamente imposible. Los periodistas hemos conseguido hacer creer a las personas que la verdad siempre es accesible y se puede ofrecer mediante un artículo escrito en un papel, un mensaje por radio o unas imágenes en un informativo televisivo. Desde descubrimientos científicos hasta las fiestas de un pueblo recóndito. Todo parece estar al alcance de los periodistas. Incluso las guerras. Y a crear esta imagen ha ayudado la industria de Hollywood, con sus películas de propaganda del ejército norteamericano. Títulos como El halcón de los mares (1940), 7 de diciembre (1943),  Top Gun (1986) o, incluso, Buenas noches y buena suerte (2005) son un perfecto ejemplo de ello. Vanagloria de los soldados americanos y defensa del buen periodismo por encima del bien y del mal.

Las batallas contadas como anécdotas (pese a los ingredientes obvios de tragedias) facilitan que lleguemos a pensar que los periodistas han podido infiltrarse siempre en el meollo de las guerras para dar a conocer a la gente lo que ocurría. Y hasta cierto punto, es verdad. Durante la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra de Vietnam, miles de periodistas acreditados acompañaban a los militares en sus batallas y en sus trincheras. Vivían el día a día con ellos. Informaban de lo que ocurría de primera mano, o gracias a los altos cargos que les iban ofreciendo datos. Sin embargo, estas informaciones no eran más que una versión de los hechos. Y las noticias salían (si es que salían) partidistas y distorsionadas. Algunos periodistas ofrecían igualmente una versión tergiversada de la realidad, simplemente para defender al gobierno de turno con el que compartían ideología y, en algunos casos, intereses políticos y económicos.

Pero lo verdaderamente preocupante es cuando los medios de comunicación no pueden siquiera hacer esa manipulación (porque hay que llamarla así) de la guerra. Cuando los periodistas no pueden ejercer su derecho de informar. Cuando la gente no puede, de ningún modo, acceder a lo que está ocurriendo en una guerra. Y ocurre. Muchas más veces de lo que pensamos. Hace unos meses, los gobiernos occidentales recomendaban a sus ciudadanos no viajar a Egipto. Los propios periodistas estaban vetados –literalmente- en las zonas de máxima tensión. Averiguar qué ocurría con Gadafi se convertía en una auténtica odisea. Periodistas amenazados, secuestrados y hasta violados. Está ocurriendo actualmente en Siria. Las escasas informaciones que llegaban desde Egipto eran mucho más valiosas de lo que cualquiera pensase.

Afortunadamente (o quizá no), ahora hay una nueva clase de periodistas. Sin título y, muchas veces, sin estudios. Una cámara de fotos, un móvil y una conexión a internet es lo único que les hace falta. Son ciudadanos corrientes que, gracias a las redes sociales, ayudan a entender qué ocurre en los países en conflicto. Ayudan a despertarnos de la turbia realidad ofrecida por algunos medios de comunicación. En ocasiones, se convierten en fuentes para los periodistas. Y en otras, en los auténticos periodistas. No les hace falta analizar el contexto. Ni siquiera conocerlo. Sus imágenes son más explícitas y directas de lo que muchos medios ofrecerán nunca. La mayoría de periodistas los criticarán por su falta de rigor y profesionalidad. Por su falta de veracidad. La mayoría de ciudadanos entenderán y respetarán este Periodismo 3.0. Un nuevo concepto de periodismo puntual desligado a las ataduras de las empresas. Fotos y vídeos de valor incalculable realizados por los protagonistas y víctimas de la guerra, cuyo último recurso es la denuncia pública de la brutal realidad en la que les ha tocado vivir. Y yo los apoyo. Completamente. Por eso, mis imágenes de la Primavera Valenciana eran, en su mayoría, imágenes de estos nuevos fotoperiodistas puntuales. Y el que lo quiera entender, que lo entienda. Y al que no…

¡FELIZ DÍA DEL ODIO A TODOS!

Roberto S. Caudet

lunes, 13 de febrero de 2012

Distinguir la violencia


La violencia ya no es lo que era. No se sabe muy bien si por la crisis económica o por la política, pero la violencia no es la de antes. Este pasado año 2011, el programa de Telecinco Sálvame Diario fue el producto televisivo más denunciado al “Defensor del espectador”. La mayoría de reclamaciones hacían referencia a contenidos inapropiados para el horario en que se emite (la sobremesa y la tarde, de lunes a viernes). Estos contenidos siempre son tachados como “violencia injustificada”, y hacen referencia a los improperios y las difamaciones que vierten algunos de los colaboradores sobre personajes públicos, o sobre otros colaboradores.

No menos comunes son las quejas de algunas asociaciones de padres que piden la retirada de la televisión de series de animación que se consideran violentas. Bola de Dragón e, incluso, Pokémon, han sufrido estos ataques de los padres. Más curiosa fue, hace unos meses, la petición a Televisión Española de la retirada de la serie de dibujos Bob Esponja por contener “violencia verbal” en sus capítulos. Los padres denunciantes hacían referencia, al parecer, a las cuatro palabrotas que Bob Esponja soltó en un capítulo que, precisamente, pretendía denunciar el lenguaje barriobajero que tienen algunos adolescentes. La lista de ejemplos de la violencia en la televisión suma y sigue con protecciones al menor.

Parece ser que cuando uno es adulto ya puede escuchar y ver cualquier tipo contenidos en la televisión. No se explica, sino, que ninguna asociación denunciara al periodista Eduardo García Serrano, colaborador de El gato al agua, cuando llamó “guarra, puerca y zorra” a la Consellera de Sanitat catalana. Más bien al contrario, el programa aumentó su audiencia los días posteriores y el periodista continúa siendo uno de los habituales en las tertulias del programa de Intereconomía. Aunque las emisiones televisivas que más violencia verbal ofrecen son, o eso dicen, las retransmisiones los partidos de fútbol. Donde, cuanto más grande sea un equipo, mayores son los insultos. La mayoría de ellos suelen estar relacionados con el machismo y la homofobia. Nadie parece considerar un acto de violencia que se grite “maricón” o “nenaza” a un jugador de fútbol en el trascurso de su trabajo; pero si un jugador propina una patada o un manotazo, enseguida saltan algunas alarmas de violencia.

Pero la violencia en el deporte parece estar más asimilada y aceptada. Algunas cadenas temáticas han recuperado, desde hace unos meses, los combates de boxeo y la lucha libre. Y según algunas filtraciones en prensa, en unos meses Televisión Española podría volver a emitir corridas de toros. Un espectáculo bochornoso de tortura –y muerte- animal. Pero para encontrar auténtica violencia sin miramiento y entre personas, basta con encender la televisión a las dos (o las tres) del mediodía o a las nueve de la noche. En todas las cadenas generalistas nos encontraremos con el Telediario de turno, que es el verdadero producto periodístico de la televisión. Y ahí es donde podremos contemplar violencia como en ningún otro sitio.

Cada vez más, la sección de noticias internacionales termina derivando en un resumen de las guerras alrededor del mundo: Siria, Egipto, Libia, Afganistán… Vídeos de tanques y ejércitos se entremezclan con grandes columnas de humo y niños mutilados. Imágenes a las que ya se acostumbra nuestro cuerpo y que ya nos parecen hasta familiares, aunque no sepamos ubicar en un mapa ni la mitad de las ciudades en las que suceden estas guerras. Se echa de menos una advertencia del corresponsal o presentador de turno acerca de que las imágenes “pueden herir nuestra sensibilidad”. Quizá es que este aviso ya no nos hace falta. Ver sangre y muertos ya no daña nuestra sensibilidad.

Puede ser que ése haya sido el gran trabajo del periodismo. Ayudar a la insensibilización humana. Así, hemos caído en la trampa, y hemos cometido un fatal error. Si se pierde la empatía, se pierde la capacidad de denuncia. Y el periodismo, per se, es denuncia. Los periodistas cuentan lo que ocurre. Los grandes periodistas también denuncian lo que no ocurre. O lo que ocurre mal. Y para ello hay que mostrar la violencia. Precisamente, la violencia de la Segunda Guerra Mundial propició el uso generalizado de cámaras de vídeo y de fotografía más ligeras y con mayor calidad. Los periodistas debían desplazarse muy rápido y poder esconderse en cualquier rincón. La violencia favoreció la evolución tecnológica e informativa del siglo XX. Pero tanta cantidad de violencia nos ha saturado. La encontramos por todos lados. Y cuando realmente está, no sabemos verla.

¡FELIZ DÍA DEL ODIO A TODOS!

Roberto S. Caudet