La opinión pública mundial cree que el 12 de octubre de 1492 fue el día en el que Colón –o alguien de su tripulación- descubrió América y se inició así la unión entre Europa y América. Unión que en su comienzo fue una invasión bárbara gracias a la cual hoy se habla portugués, francés y, mayoritariamente, español e inglés, en la casi totalidad del territorio invadido. Un atropello cultural y cívico que los españoles nos empeñamos en celebrar año tras año. El Día del Pilar (de hecho, Pilar es la Patrona de toda Latinoamérica, o eso me cuenta la Wiki) también es llamado Día de la Hispanidad, o Día de la Patria. El sobrenombre que a mí más me gusta es el que se hacía escribir en tiempos de Franco: El Día de la Raza.
Sólo los españoles seríamos capaces de poner nuestro Día de celebración máxima en un día semejante. La mayoría de los países celebran el día de sus Independencias, de la proclamación de sus Repúblicas… En España celebramos el día en que sometimos al resto. Brillante. O mejor todavía, el desfile se puede celebrar también por los nueve países que celebran cada año que lograron tener su independencia de nuestra corona. Es mejor aún ver al Rey celebrando que sus militares perdieron la batalla. En cualquier caso, para mí, el 12 de octubre es, desde hace cuatro años, un día diferente que para el resto. Yo no celebro, ni dejo de celebrar, el Día de la Hispanidad, ni tampoco participo en el desfile militar anual, ni me embarco en un viaje hacia Costa Rica, ni nada por el estilo. El 12 de octubre yo recuerdo a alguien muy especial en mi vida. Ése al que por última vez le dije, con total sinceridad, “te amo”.
Y es que el 12 de octubre de 1989 nació una de las personas más maravillosas que he conocido en este mundo. Un ser divertido, espontáneo, cariñoso, alegre, muy fiestero, absolutamente infantil pero con pequeñas –perfectas- dosis de lujuria, malicia y hasta medio gramito de rencor. Un chico alto, muy alto, guapo, muy guapo, y con una sonrisa maravillosa. Mi bobito, mi tolete, mi niño, mi casi todo. Esta personita a la que quise desde el primer momento que la vi, fue muy importante durante casi dos años en mi vida, y lo sigue siendo, sin duda, pero ahora en nuestros mensajes ya no hay un “te quiero”, ni tampoco hay momentos tiernos, ni dulces, ni nada.
El amor, como la invasión española en América del Sur, se acaba. Y puede que los haya que sigan intentando invadir, como los habemos que seguimos sintiendo ese fuego en nuestros corazones cuando nos encontramos con la otra persona. Cuando pensamos en ella. Cuando escuchamos aquella canción. Y dice un estudio de la Universidad de Medicina de Harvard que “el estrés que provoca la búsqueda de pareja sentimental en un contexto de competencia puede acortar la vida”. El estudio es, por supuesto, para parejas heterosexuales, pero lo mismo me da. ¿Voy a vivir menos por haber luchado por el que quiero? ¿Y si luché con varios? ¡Abajo el amor!, que diría Renée Zellweger.
Ahora me encuentro con el dilema de si he de felicitarle o no. Pero bueno, al fin y al cabo todos –menos uno- los hombres con los que he compartido algún momento de amor son Libra. Es decir, nacieron entre el 21 de septiembre y el 20 de octubre. De hecho, nacieron entre el 26 de septiembre y el 12 de octubre. Y si los he felicitado a todos… ¿por qué iba a obviar esta última? Porque ahora sé que voy a vivir menos. ¡Si yo ya voy a vivir poquito por ser zurdo! Lo siento, pero yo así me siento incapaz de celebrar el Día de nada. Y además, llueve. Hoy me siento más identificado que nunca con Meg Griffin. Angelita ella, pobre desgraciada. En cualquier momento mi perra se pone a hablarme y un bebé con la cabeza arugbyada se pone a gritar que quiere apoderarse del mundo y matar a mi madre. Genial.
Hoy, aprovecho este artículo multitemático para odiar de todo un poco. Muajajá. Odio el Día de la Hispanidad, el desfile de militares, guardias civiles, policías de todo tipo y demás. Qué innecesario lo encuentro. Qué forzado. Qué ridículo. Lo mismo que digo siempre, quiero un Día de los panaderos en el que el Rey vaya a recibirlos en un desfile en el que desenfunden baguettes y lleven croissants en la cabeza. Y quiero otro Día en el que se organice un desfile de señoras de la limpieza, todas con sus baberos y armadas con una fregona bien sucia. Y también quiero que se la restrieguen todas a Zapatitos en su carota, pero eso es otro asunto. Que no me vengan a decir ahora que los militares arriesgan su vida diariamente porque, en teoría, sólo cubren misiones humanitarias. Y que además es una profesión que han elegido ellos mismos. Nadie les ha obligado a alistarse en ningún sitio.
Aprovecho la ocasión también para Odiar el Amor. El amor, sí. Al imbécil de Cupido y todas sus flechas. ¿Acaso él tiene pareja? ¿Hay una Cupida? Claro que no. Él es el más inteligente de todos. Odio el Día de San Valentín. A las parejitas que se pasan el día besándose en la calle, en el portal, en clase y hasta en la sala de operaciones. ¿Acaso yo me paso el día sacándome mocos? Es igualmente asqueroso. Puaj. Odio también todas las circunstancias que nos apartan de nuestros amores. A todos cuantos se oponen a una relación por el motivo que sea. Hoy, multiodio, que llevaba mucho tiempo sin hablar. Hale.
Y ya sabéis, no luchéis por vuestro amor, por muy bueno que sea… ¿Para qué vais a querer luego estar con esa persona si os moriréis antes que ella? Muajajá. ¡Feliz Día del Odio a todos! Felicidades, Jonathan.
Roberto S. Caudet





