La imagen de cabecera de este artículo es el doodle con el que Google celebra hoy San Valentín en algunos países del mundo. Porque para España –y otros tantos- hoy es el día en que se celebra el amor. Pero no todo el mundo puede celebrar su amor con igualdad, y Google no es tonto. En esta cabecera se ha incluido, estratégicamente, una pareja de recién casados. De esos que a mí me gustan, con sus dos esmóquines negros. Vamos, dos maromos gays. Una sutil reivindicación que no ha pasado por alto en las redes sociales, donde hoy se pretende que#matrimonioigualitario sea TT en España durante todo el día.
Ahora bien, es importante señalar que el matrimonio igualitario no sólo se corresponde con un matrimonio homosexual. El que lo crea o lo reivindique es que es completamente inconsciente de la realidad en la que vive. En España la práctica ya está menos extendida, pero sigue aumentando por culpa de algunas inmigraciones. Estoy hablando de los matrimonios concertados, generalmente entre chicas jóvenes y señores maduros. Porque aunque queramos mirar hacia otro lado, la dote sigue existiendo en muchas culturas, y nos la meten (perdón) de manera discreta en nuestro país de derechos y libertades.
Hoy, yo no celebro el Día de San Valentín como el día en que quiero más a mi novio. Ni mucho menos. Si hoy soy feliz es porque mi familia me quiere y apoya en mis relaciones. Y porque, afortunadamente, todavía vivo en un país en que puedo elegir, libremente, a quién quiero amar. Y puedo formalizar ese amor con un matrimonio. Reivindicad lo vuestro. Y reivindicad vuestro amor. Que ya vendrán otros, en otros momentos, para intentar amargároslo. Que el Odio, hasta en San Valentín, siempre es Odio.
Y ahora no puedo luchar contra este sentimiento, cielo.
Levanto mis manos y me rindo,
Porque tu amor es demasiado fuerte
Y no puedo continuar
Sin tus brazos llenos de amor, cielo.
Sé que no voy a resistir
Porque tus caricias y tus besos
Han logrado destrozar mi escudo.
Debo admitir que nunca pensé
Que necesitaría a alguien tanto
Pero tú me has abierto los ojos de tal modo
Que ahora puedo ver mucho más.
Me rindo.
Me rindo ante este sentimiento en mi corazón.
Me rindo ante mi corazón.
Me rindo al tacto de tus labios.
Al sabor de tus besos.
Porque tu amor es demasiado fuerte
Y no puedo seguir fingiendo
Que no pienso en ti…
(“Me rindo”, Laura Pausini)
Hoy, Odio el contenedor de amor en el que acabo de convertir mi preciado blog lleno de Odio. Pero es que te quiero. Y necesito gritarlo. Te quiero. Y, por cierto, felicidades, amor mío.
Lo tenía todo para triunfar. A sus veintimuchos, era el que más pases ofrecía en el Villarreal. El rubio de oro que encandilaba a mujeres y gayers del mundo y, en cambio, era el terror de sus rivales. En su país lo consideraban una estrella. Y todavía estaba por venir el Mundial de Fútbol 2010. En ese macro-torneo celebrado en Sudáfrica fue proclamado el mejorjugador, por encima de los españoles, ganadores del Mundial. Y es que él solo y sus goles habían llevado a su país una ronda tras otra hasta la Semifinal. Se le conoce como El Cacha. En su biografía oficial lo definen como Uruguayo. Para mí es Dieguito. Diego Forlán Corazo.
El único paso de gigante que me he saltado en su imparable carrera ha sido el paso del Villarreal al Atlético de Madrid. En este último equipo entró con una pequeña polémica: “Jamás besaré el escudo”, dijo a los hinchas rojiblancos. Y hoy, en su rueda de prensa de despedida, lo ha vuelto a repetir. De una manera valiente –quizá demasiado-, Diego Forlán aseguró en su primera rueda de prensa como jugador del Atlético que él sólo sentía de verdad los colores de la camiseta de su país, Uruguay. Ese color celeste con el que acaba de ganar, este mismo mes, la Copa de América de fútbol.
Su único error, podríamos decir, fue precisamente esa osadía de no besar un escudo. Un acto patriótico y nacionalista, podríamos decir, que aunque especialmente absurdo, gusta tanto a los hinchas y directivos de los clubes. Insisto en que es un momento absurdo, y si no, que se lo digan a Figo, o a Saviola, o a Mendieta… por poner ejemplos de esta última década. Hoy besan un escudo y al día siguiente besan al rival con la misma pasión. Es como Física o Química –me quema por dentro- pero con deportistas. Todo un espectáculo.
Esta fatídica acción de Forlán se completó con el mal año que tuvo la temporada pasada, en el Atlético de Madrid y con Quique Sánchez Flores como entrenador del equipo. Se lanzaban pullitas en sus entrevistas, les faltaba comprenderse en los entrenamientos… y al final Quique, que era el que cortaba el pan a fin de cuentas, decidió empezar a no incluir a Forlán en su once inicial. Diego empezó a sentirse bastante despreciado y cuando jugaba tampoco lo daba todo. Y entró en una espiral terrible de la que no parecía salir nunca. Ni siquiera con el cambio de entrenador del Atlético.
En el último capítulo, y ya con 32 años, Diego llamaba a su nuevo entrenador para decirle que no se lo llevara a la convocatoria, para poder quedarse en Madrid y pensarse ofertas de otros equipos. El epílogo era demasiado evidente. Y la rueda de prensa hoy ya cantaba por bulerías. Diego Forlán ya no es jugador del Atlético de Madrid. Aunque todavía no es oficial, todo parece indicar que, efectivamente, pasará a ser jugador del Ínter de Milán la próxima semana. Se nos va.
Como es evidente, este no es un Odio al uso. Jamás me atrevería a odiar a Diego Forlán. Todo lo contrario, sabéis que lo mío es un auténtico amor platónico (y no llega a ser más porque él no quiere, aunque no se lo he preguntado nunca… Igual hasta acepta). Pero sí odio que haya decidido pasarse a otro club. Y que lo haga a uno que no está en España. ¿Qué he de hacer ahora? ¿Aprender italiano? ¿Empezar a leer Il Corriere Della Sera? ¿Y cómo sonará su nombre allí? ¿Lo llamarán Dieguinni? ¿Forlaníssimo? Ay, señor. La vida no es especialmente buena conmigo últimamente.
Esto de que para progresar, nuestros amores se vayan lejos y dejes de saber de ellos no me gusta nada. Así que hoy mi Odio va dirigido al manager de Forlán, a su padre (que es otro metomentodo) y a Diego y al Ínter, por hacerme tanto daño en mis últimos días de vacaciones. En fin. Cuando consiga verlo algún día –que lo haré- no dudaré en recriminarle lo que ha hecho. Cómo se le ocurre… Ya no veré casi a diario su sonrisa en los medios españoles. Ni sus preciosos ojos por la televisión. No admiraré sus famosas cintas del pelo ni tampoco su rica tabletita...
Hoy no os voy a desear nada. Hoy os pido, como ya lo hiciera Lola Flores, un euro a todos mis lectores. A ver si así consigo comprarlo yo también y hacer que juegue en mi estad… en mi cam… Bueno, donde sea. Venga, va:
La velada no podía ser más perfecta. Las gulas me habían salido riquísimas, y eso que me había olvidado de añadirles el ajo mucho antes. Ya nos habíamos acabado las dos primeras copas de vino, y todavía seguíamos bien. Uno más que otro, claro. La ternera llegó después. Muy tierna, en su punto. Ricardo no dejaba de decirme lo bien que cocinaba. Nuestras miradas de deseo eran cada vez más continuas y yo sabía que él estaba esperando a que le dijera “éste es el último” para poder desabrocharme la camisa como solía hacerlo cuando quería que me comportase como una auténtica cerda en la cama. Y luego en la ducha. Pero esta vez sería diferente. En esta ocasión sería yo quien le destrozara la camisa.
No llegamos al postre. Ricardo empezó a toser. Su rostro señalaba auténtica asfixia. Se ahogaba. Empezó a vomitar. Era de un color extrañísimo, tirando a granate. Más tarde, mientras lo limpiaba todo, descubrí que era sangre. En la “tienda” no me habían dicho que fuera así, tan asqueroso. Me dijeron que el arsénico actuaba rápido, ipso facto. Que en dos segundos acabaría con su vida, sin hacerlo sufrir. Pero no era así, y Ricardo me estaba empezando a dar más lástima que asco. Ya no había vuelta atrás. Me miró con su último sorbo de aire, sin entender nada. Todavía lo descolocaba más verme inerte, con total pasividad.
Ahora todo tenía que ser muy rápido: debía quitarle la ropa. Toda. Y meterla en diferentes bolsas de la compra. Junto a las cáscaras de naranja y limón que ya había separado con anterioridad. Así, la sangre y el vómito olerían menos y nadie sospecharía. A continuación, lo saqué a la terraza. ¡Qué suerte haber comprado el ático dúplex! Saqué la sierra mecánica, y empecé a destrozar su cuerpo encima de aquella sábana remendada. Primero fueron los brazos. Luego las dos piernas. Y finalmente la cabeza. Me llevó más de lo pensado, ¿quién iba a imaginar que un hueso fuera tan duro? Acto seguido, cogí más bolsas, y les añadí abono de las plantas. Así la sangre se confundiría con la tierra. Qué grande eres, Agatha Christie. Y cómo me habéis ayudado vosotros, los chicos de Horatio, de CSI Miami.
Bajé al coche y lo metí todo en el maletero. La ruta comenzó por el Ebro. Allí me deshice de la camisa, los zapatos y los brazos. Luego fui donde las obras de aquella nueva carretera, y enterré los pantalones y una pierna. La cabeza y la otra pierna las tiré, junto a su ropa interior, al mar. Los catorce de febrero, las playas de Barcelona están muy vacías. Siempre es bueno saberlo. Finalmente, me fui hacia el vertedero municipal y eché rápidamente el tronco junto a un montón de a saber qué.
Quizá, otros maridos que, como el mío, se pasaban el día fuera de casa, con su BlackBerry y sus amigos de la oficina. Maridos que, como el mío, llegaban a casa a las tantas y fingían que no les importaba dejar de ver el partido para quedarse conmigo viendo la película de la semana. Maridos que, como el mío, compraban cada Navidad, cada cumpleaños, cada aniversario y cada San Valentín, lo mismo: el libro que les había recomendado alguna zorra en la librería o que, directamente, sólo traían bombones a casa. Esos con licor que jamás me han gustado.
Llegué a casa. Pasaban de las cuatro y media de la mañana. Fui directa al dormitorio. Me apetecía cambiarme y ponerme muy sexy. Me apetecía llamar a alguno de mis amigos y decirle que Ricardo se había ido con otro. Y que me lo había dicho justo después de la cena. Que vinieran a consolarme y acabáramos en la cama. Y luego en la ducha. Pero no fui capaz. Justo encima de mi parte del almohadón había un paquete y una carta. Abrí primero la carta:
“Querida Berta, el martes hace, exactamente, 25 años que nuestras miradas se cruzaron, por primera vez, en aquel supermercado. 25 años de la primera vez que supe que el amor existía, estaba enfrente de mí, y me haría feliz el resto de mi vida. No te lo quise decir antes, pero me han ascendido en el trabajo. Con el dinero de más que tendremos a final de mes he decidido, para empezar, comprar dos billetes para Tailandia. Sé que es un viaje que siempre has querido realizar y nunca has podido. Tu madre me lo cuenta siempre que la llamo para preguntarle si sigo comprándote un libro o si preferirás bombones. Qué maja es. Ahora abre el paquete de al lado. Es un anillo de oro blanco, un diseño exclusivo del que sólo se han hecho tres. Quiero que nos volvamos a casar. Por los 25 años. Berta, te amo. Te amaré siempre”.
¿Cómo? No puede ser… Me eché a llorar. Había asesinado a Ricardo, y lo había hecho llevándome por la ira de saber que todas mis amigas se seguirían riendo de mis regalos absurdos, mientras ellas tenían nuevos pendientes de Cartier, algún coche e, incluso, un viaje a las Bahamas. Y yo sólo tenía un libro. Un maldito libro. El Día de San Valentín había acabado conmigo, definitivamente. ¿Y ahora qué? Había asesinado al único hombre que me había querido en toda mi vida. Que me había querido de verdad. Y yo pensaba que era todo mentira. Abrí corriendo el paquete. Efectivamente, la sortija era preciosa, espectacular. Me la puse en lugar de mi anillo de casada. Me di una ducha de agua bien fría. Me dejé el pelo al viento y me fui de fiesta. Sería mejor dejarme de amigos, y buscar a un hombre nuevo. ¿Y si sale mal, Berta? Bueno, todavía te queda medio frasquito de arsénico... Y no caduca.
No os dejéis llevar por fiestas absurdas. Y que el consumismo no se os suba a la cabeza. Por si acaso, tampoco veáis Chicago. Feliz San Valentín a todos. Nos vemos el martes, con la Crónica de OT 2011 que esta semana se emite, excepcionalmente, el lunes 14 de febrero. Hasta entonces,
La opinión pública mundial cree que el 12 de octubre de 1492 fue el día en el que Colón –o alguien de su tripulación- descubrió América y se inició así la unión entre Europa y América. Unión que en su comienzo fue una invasión bárbara gracias a la cual hoy se habla portugués, francés y, mayoritariamente, español e inglés, en la casi totalidad del territorio invadido. Un atropello cultural y cívico que los españoles nos empeñamos en celebrar año tras año. El Día del Pilar (de hecho, Pilar es la Patrona de toda Latinoamérica, o eso me cuenta la Wiki) también es llamado Día de la Hispanidad, o Día de la Patria. El sobrenombre que a mí más me gusta es el que se hacía escribir en tiempos de Franco: El Día de la Raza.
Sólo los españoles seríamos capaces de poner nuestro Día de celebración máxima en un día semejante. La mayoría de los países celebran el día de sus Independencias, de la proclamación de sus Repúblicas… En España celebramos el día en que sometimos al resto. Brillante. O mejor todavía, el desfile se puede celebrar también por los nueve países que celebran cada año que lograron tener su independencia de nuestra corona. Es mejor aún ver al Rey celebrando que sus militares perdieron la batalla. En cualquier caso, para mí, el 12 de octubre es, desde hace cuatro años, un día diferente que para el resto. Yo no celebro, ni dejo de celebrar, el Día de la Hispanidad, ni tampoco participo en el desfile militar anual, ni me embarco en un viaje hacia Costa Rica, ni nada por el estilo. El 12 de octubre yo recuerdo a alguien muy especial en mi vida. Ése al que por última vez le dije, con total sinceridad, “te amo”.
Y es que el 12 de octubre de 1989 nació una de las personas más maravillosas que he conocido en este mundo. Un ser divertido, espontáneo, cariñoso, alegre, muy fiestero, absolutamente infantil pero con pequeñas –perfectas- dosis de lujuria, malicia y hasta medio gramito de rencor. Un chico alto, muy alto, guapo, muy guapo, y con una sonrisa maravillosa. Mi bobito, mi tolete, mi niño, mi casi todo. Esta personita a la que quise desde el primer momento que la vi, fue muy importante durante casi dos años en mi vida, y lo sigue siendo, sin duda, pero ahora en nuestros mensajes ya no hay un “te quiero”, ni tampoco hay momentos tiernos, ni dulces, ni nada.
El amor, como la invasión española en América del Sur, se acaba. Y puede que los haya que sigan intentando invadir, como los habemos que seguimos sintiendo ese fuego en nuestros corazones cuando nos encontramos con la otra persona. Cuando pensamos en ella. Cuando escuchamos aquella canción. Y dice un estudio de la Universidad de Medicina de Harvard que “el estrés que provoca la búsqueda de pareja sentimental en un contexto de competencia puede acortar la vida”. El estudio es, por supuesto, para parejas heterosexuales, pero lo mismo me da. ¿Voy a vivir menos por haber luchado por el que quiero? ¿Y si luché con varios? ¡Abajo el amor!, que diría Renée Zellweger.
Ahora me encuentro con el dilema de si he de felicitarle o no. Pero bueno, al fin y al cabo todos –menos uno- los hombres con los que he compartido algún momento de amor son Libra. Es decir, nacieron entre el 21 de septiembre y el 20 de octubre. De hecho, nacieron entre el 26 de septiembre y el 12 de octubre. Y si los he felicitado a todos… ¿por qué iba a obviar esta última? Porque ahora sé que voy a vivir menos. ¡Si yo ya voy a vivir poquito por ser zurdo! Lo siento, pero yo así me siento incapaz de celebrar el Día de nada. Y además, llueve. Hoy me siento más identificado que nunca con Meg Griffin. Angelita ella, pobre desgraciada. En cualquier momento mi perra se pone a hablarme y un bebé con la cabeza arugbyada se pone a gritar que quiere apoderarse del mundo y matar a mi madre. Genial.
Hoy, aprovecho este artículo multitemático para odiar de todo un poco. Muajajá. Odio el Día de la Hispanidad, el desfile de militares, guardias civiles, policías de todo tipo y demás. Qué innecesario lo encuentro. Qué forzado. Qué ridículo. Lo mismo que digo siempre, quiero un Día de los panaderos en el que el Rey vaya a recibirlos en un desfile en el que desenfunden baguettes y lleven croissants en la cabeza. Y quiero otro Día en el que se organice un desfile de señoras de la limpieza, todas con sus baberos y armadas con una fregona bien sucia. Y también quiero que se la restrieguen todas a Zapatitos en su carota, pero eso es otro asunto. Que no me vengan a decir ahora que los militares arriesgan su vida diariamente porque, en teoría, sólo cubren misiones humanitarias. Y que además es una profesión que han elegido ellos mismos. Nadie les ha obligado a alistarse en ningún sitio.
Aprovecho la ocasión también para Odiar el Amor. El amor, sí. Al imbécil de Cupido y todas sus flechas. ¿Acaso él tiene pareja? ¿Hay una Cupida? Claro que no. Él es el más inteligente de todos. Odio el Día de San Valentín. A las parejitas que se pasan el día besándose en la calle, en el portal, en clase y hasta en la sala de operaciones. ¿Acaso yo me paso el día sacándome mocos? Es igualmente asqueroso. Puaj. Odio también todas las circunstancias que nos apartan de nuestros amores. A todos cuantos se oponen a una relación por el motivo que sea. Hoy, multiodio, que llevaba mucho tiempo sin hablar. Hale.
Y ya sabéis, no luchéis por vuestro amor, por muy bueno que sea… ¿Para qué vais a querer luego estar con esa persona si os moriréis antes que ella? Muajajá. ¡Feliz Día del Odio a todos!Felicidades, Jonathan.
¡¡Tercera entrada del amor!! En realidad, me gusta explayarme con las cosas que me gustan. Me hacen sentir bien y ayudan a que me conozcáis realmente. Así pues, hay algo que ya anuncié y que os quería mostrar. Porque mi vida –igual que la de mucha gente- no sería lo mismo sin música. Y cuando hablo de música me viene a la mente una sola mujer. Una diosa. Una figura emblemática, como ahora podréis contemplar, en el mundo mundial. Tiene 41 años y su nombre es Céline Marie Claudette Dion. Céline Dion.
Esta cantante canadiense nació en el seno de una familia pobre de Québec. Pero desde los 11 años supo que su vida sería todo un haz de luz y que viviría de lo que le gusta, de la música. Así, dejó el instituto y se fue a aprender canto y a venderse a los productores del mundo. Hace dos años cumplió 28 subida a los escenarios, con el premio que mejor le sienta, el “Chopard Diamond” del World Music Awards por ser la artista femenina con más discos vendidos de la historia (más de 300.000.000), una cifra que ya ronda los 315 millones de discos. Por si fuera poco, cuatro de sus álbumes están en la Lista de los más vendidos de la Historia. Céline Dion es la única mujer que ha logrado tal hazaña.
También es la única artista femenina que ha tenido 2 álbumes simultáneos con ventas mayores de 30 millones de copias (30.000.000): los discos “Falling into you”, de 1996 y "Let’s talk about love”, de 1997. Os diré todavía más: su disco “D’eux” es el álbum en francés más vendido de todos los tiempos. Dion es la artista canadiense más vendida de todos los tiempos. Y también la persona que más dinero recauda tanto en su país como en el extranjero, según anuncia Forbes cada año.
Si es que se me llena la boca hablando de ella. Pero es que todo lo que toca lo convierte en oro. En elegancia. En brillantez. En algo supremo. Todo lo que toca se convierte, rápidamente, en premios: 44 Premios Félix, 19 Premios Juno, 11 World Music Awards, 6 Grammys, 3 Globos de Oro, 3 Victorias de la Música… y La Medalla de Oro y del Honor de Québec, Canadá y Francia. Además cuenta con un Doctorado honoris causa en música por la Universidad de Québec, ha hecho una gira de conciertos en el Coliseo de Las Vegas durante más de un año, y ha ganado el Festival Yamaha World Popular, de Japón, en 1982 y en 1989, el Festival de la Canción de Eurovisión, representando a Suiza. ¿Se le puede pedir algo más?
(La canción eurovisiva fue elegida la 14º mejor canción de la Historia de Eurovisión en el Festival Especial que se organizó por el 50º Aniversario del Festival)
Colabora activamente (tanto de manera presencial como concediendo fondos) con cuatro ONG de Canadá, destinada siempre a niños enfermos. También ha dedicado alguna de sus canciones (Vole) a los niños menos favorecidos. Y donó un millón de dólares para el fondo de las ayudas a los afectados por el Katrina, en 2004. Me hace sentir pequeñito, insignificante y muy rácano. Es que es para quitarse el sombrero.
¿Quién no ha oído Tell him –mi canción favorita-, con Bárbara Straisand? ¿Quién no conoce sus dúos con Frank Sinatra? Sus canciones (I drove all night, Pour que tu m’aimes encore, I surrender, That’s te way it is, Taking Chances, Alone, Goobay’s the saddest word, When I fall in love...) son conocidas en todo el Globo. Sus más de 25 discos siguen descargándose como la espuma y siguen, ocasionalmente, entre las listas de los más vendidos.
Va alternando el francés y el inglés en sus discos, aunque también la hemos oído cantar en español (Sola otra vez, Feliz Navidad…) y está educando a su único hijo (abortó hace dos meses) para que sea políglota, algo de lo que ella siempre se ha arrepentido por no poder llegar a serlo mucho antes. Una mujer muy familiar, en 1999 se apartó durante dos años de la música, para poder cuidar a su marido, que padecía de cáncer.
Y lo que más me gusta de todo. Es un emblema para las Bandas Sonoras de las películas. Once filmes cuentan con su voz para algunos de sus temas. Y además es toda una bandera de la mítica Disney. Cada año la reciben en Disneyland para que abra el concierto de Navidad desde que, en 1991 ganara el Óscar y el Globo de Oro a la Mejor Canción Original por La Bella y la Bestia. Sin olvidar que estos premios los tiene por duplicado, ya que seis años más tarde se embarcó en su proyecto magistral. Interpretar la canción “My herat will go on” para la película Titanic,ganadora de 11 Óscar, uno de ellos para Céline. La canción, se calcula, se proyectó más de Quinientas Mil Millones de Veces en todo el mundo. Y según dicen, ella no quería cantarla porque le parecía muy triste la historia del transatlántico y temía no llegar a los tonos y quedarse afligida.
Afligido me quedaré yo como no os haya gustado el trabajo de campo y la mega publicidad que le he dado a Céline Dion. Pero es que ella lo merece. Lo merece todo. Eso sí, y como no todo son cositas buenas, os dedicaré unas cuantas curiosidades para los detractores de la canadiense: es once meses mayor que el hijo de su actual marido (en realidad, su único marido, con el que lleva casada 15 años); el bautizo de su hijo fue transmitido en directo por la televisión pública canadiense, con el despilfarro que conllevó; en Francia emitieron hace 2 años un programa especial para Céline, en el que ella se atrevió con canciones de Tina Turner (River deep, mountain high) y osó hacer tríos con cantantes muy conocidos en Francia (Show must go on), aunque fue éxito de audiencia absoluto, las críticas llovieron porque meses antes se había negado a hacer una Gala similar en Canadá…
Os dejo disfrutando de sus videos. Nos vemos en dos días. Especial Fin de Año.
Lo prometido es deuda, y en época de crisis no es momento para anotar más morosos a la lista. Así pues, hoy os ofrezco el primer No Odio de las Navidades. Después de mucho pensar, he decidido dejar apartado a Bibiana Aído, a Rajoy, a Rouco Varela, a Fraga y a Madonna. Todos sabéis que los amo con locura, pero no es su momento. Hoy, el primer No Odio ha de ir encaminado hacia alguien especial. Alguien a quién realmente Quiera. Exacto.
Ese alguien tiene forma de mujer. Nació el 24 de enero de 1956 en Valencia. Hija de Pepe y Pepita, no podía llamarse sino Amparo. Amparo. Ella es mi madre.
Hoy, insisto, no podía resaltar más que las virtudes de la persona galardonada con el Premio al Amor, y no se me ocurría un ser con más virtudes que mi madre. Todos pensamos que nuestras madres son las mejores, salvo los hijos de Ana Rosa Quintana. Ellos, directamente, creen que AR es Dios. Como decía, todos siempre opinamos sobre nuestras mamitas que son las mejores. Sin embargo, pocos pueden dar razones de peso como las mías.
Para empezar –me matará cuando lea esto- mi madre decidió seguir con un embarazo muy problemático, después de un aborto años anteriores. Y además hubo de sobrellevar que doce días antes de dar a luz a su segundo hijo –yo- su madre falleciera por causa repentina. Ella se armó de todo el coraje y la fuerza del mundo para llevar adelante a su familia sin el ser en el que ella más se apoyaba, como todos nosotros.
Esta mujer, mi madre, insisto, ha trabajado desde bien pequeña para ayudar en su casa y ahora lo sigue haciendo para ayudarnos a los demás. Aunque de pequeño me decía “no” a ciertos caprichos, ha sabido educarme con los máximos valores de saber compartir, saber querer, saber apreciar los mínimos detalles y las más pequeñas cosas. Una mujer que nunca se anda con grandes objetos porque saca lo mejor de hasta los más minúsculos. Para ella, un momento en el sofá con sus hijos, su marido y su perrita a la que adora vale más que una cena gratis en el Ritz. Y eso es en lo que me ha educado.
Nunca sabe decir que no a un favor o una petición, por mucho que le cueste en tiempo y en esfuerzo, y agradece hasta el mínimo gesto. Nunca le ha importado dejar sus cosas para hacer la de los demás y todavía sigue quitándose ración de comida para, durante las cenas, dárselas a Seine, su perra. Y mira que me da coraje que lo haga… Además, actualmente trabaja en un Colegio de Educación Especial, llevando y trayendo a los niños en el autobús. Un trabajo con el que dice, se siente muy satisfecha y muy grande cada vez que un niño le sonríe o le demuestran su cariño con la mirada. Algunos de ellos, como entenderéis, no pueden siquiera hablar.
Seguiría alabándola, diciendo todo lo que sabe hacer, lo bien que cocina, lo que me gustan sus tonterías y cuando se inventa la letra de las canciones. Pero realmente no es fácil hablar de la madre de uno a los demás y hacerlo del tirón. Además, no estoy seguro de que le guste que cuente toda su vida en un blog público…
Así pues, diré la mítica “Hasta aquí puedo leer” y esperaré a ver sus regalos de Navidad. Que como siempre, me los entregará gustosa al levantarme, después de su saludo siempre con la máxima sonrisa y felicidad y su besito correspondiente, por supuesto. Lo que ella no sabe es que para mí es un regalo verla todos los días y que, en realidad, me basta con verla feliz en cada momento. Lo que ella no sabe es que su sonrisa es la mía y su tristeza también yo la comparto.
Lo que sí sabe, o eso espero, es que la quiero de verdad.
Montemos en cólera a veces, o no. La quiero.
Y sé que sabríais apreciarla vosotros también, en caso de conocerla.
Al fin y al cabo, toda mi buena fe es por culpa de ella.
Y todo lo que soy, también es por ella.
Feliz Navidad a todos. Feliz Navidad, mamá.
PD: Llevaba días pidiéndome un día del Odio para ella. Así que espero que no se moleste mucho por otorgarle el AntiOdio… ;-)