jueves, 26 de agosto de 2010

Aplaudo el valor de Sarkozy


El 48% de los franceses está de acuerdo con la repatriación de los gitanos a sus países de orígenes frente al 42% que se declara en contra. El 10% restante no quiere opinar al respecto”.

La noticia es portada hoy de el diario francés “Le parisien y el español ABC se ha hecho eco también del sondeo. Y es que Francia ha expulsado en lo que lleva de año a casi 8.400 inmigrantes ilegales. En 2009 fueron un total de 9.875 y hoy han sido repatriados otros 300 gitanos. La mayoría de ellos son rumanos y búlgaros, y todos han recibido 300 euros para que se lleven a sus países de origen.

Cualquiera de vosotros habrá salido a la calle y habrá podido observar que España no es un país con una fuerte raza aria, precisamente. Más bien todo lo contrario. Desde hace un tiempo atrás, es muy fácil encontrarse en un transporte público con personas latinoamericanas, de países de Europa del Este o de africanos. Estas personas no son, aparentemente, españolas. Aunque algunas de ellas sí han conseguido la nacionalidad española y, por tanto, son ciudadanos con su derecho a voto, a educación, a sanidad pública y… ¿a impuestos?

El conflicto viene cuando estos extranjeros no son realmente iguales que los españoles nacidos en España. En nuestro país, la mayoría de ciudadanos que vienen de fuera tienen una serie de ventajas discriminatorias para con los que han estado aquí toda su vida: pueden permitirse abrir negocios sin pagar los mismos impuestos, tienen facilidades para el material escolar y el transporte público y reciben antes una serie de becas y ayudas que los españoles nacidos en España. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: además de ser extranjeros, tienen una renta menor.

Los ciudadanos pobres españoles han dejado de serlo. Y no es que ganen ahora más, es que los hay que ganan menos. Y así las ayudas que recibían, ahora son nada. Aire. El consuelo de saber que los hay que viven peor. Me alegra profundamente saber que los impuestos que pago van a parar a los más necesitados, hayan nacido donde hayan nacido, pero siempre y cuando esas personas lo utilicen realmente para poder vivir y además se integren en el país en el que van a vivir, posiblemente, el resto de sus vidas.

Me pregunto qué cantidad de pateras habrá llegado a tierras españolas en lo que va de lustro y cuántos de los ocupantes hablarán ahora español. Porque todos hemos podido comprobar que lo único que saben decir los negros que venden falsificaciones es “peor sería que estuviera robando”. Tócate las narices, Luisiana Juana. Ya me imagino yo a un etarra diciendo en el juicio: “Peor sería que hubiera puesto tres bombas en lugar de una”. Creo que aquí empieza el verdadero problema con algunos inmigrantes. Los que no se integran.

Es divertido comprobar cómo en Londres se han intentado organizar manifestaciones en contra de los derechos homosexuales –y a favor de la pena de muerte- por parte de grupos islámicos. O cómo protestan porque no se les deje llevar un burka en edificios de la Administración pública. O que pidan días libres para poder hacer bien a gusto el ramadán. O comprobar en los periódicos que la mitad de los asesinatos que ocurren entre adolescentes son por bandas de Latin Kings. Eso sí es integración y lo demás tonterías.

Apoyo la inmigración y apoyo a todos los inmigrantes que luchan por vivir de manera legal. Que han salido de sus países para buscar una mejor vida y que lo hacen trabajando limpiamente, que intentan darle una buena educación a sus hijos. Pero no apoyo a todos aquellos que quieren quitar las cruces de los colegios pero si vas a su país, o te tapas la cabeza o te lapidan. No apoyo en absoluto a todos los que se discriminan solos, a todos los que abusan de la hospitalidad de los demás, a todos los que ocupan parques, calles, y lo hacen a la fuerza.

Hoy mi Odio no va, ni mucho menos, para Sarkozy ni sus medidas. Todo lo contrario, aplaudo el valor y el coraje para afrontar el problema que tiene su país. Y que también tenemos nosotros. En España hemos tenido una entrada masiva y descontrolada de inmigrantes que han entrado de forma ilegal y que ahora se turnan los carnets de la seguridad social para ir al médico, que roban cobre para malvenderlo, que violan a niñas porque en su país es tradición y que no tienen el gusto de querer aprender el español ni conocen a Curri Valenzuela.

Roberto S. Caudet

lunes, 23 de agosto de 2010

¿Somos todos hipócritas menos Belén Esteban?


Me he planteado la duda seriamente esta misma tarde después de varios acontecimientos que han ido ocurriendo a lo largo de hoy… Me he despertado muy tranquilo, sin saber qué iba a ocurrir, pero antes de comer he vivido una de esas conversaciones en las que uno prefiere sonreír y mostrar una diplomacia exagerada, aunque la otra persona no sea capaz de sentirla. Al despedirme, he pensado lo falso que había sido en ese encuentro casual, pero lo bien que se ha quedado la otra persona a la que no le daba la contra en ningún momento.

También es cierto que la vida no me iba en lo que ese personajito me estaba contando y por ello me he limitado a ser cordial. Una disputa habría sido muy tonta y además sé muy bien que no habríamos llegado a buen puerto. Pero mi perspectiva ha cambiado esta misma tarde, justo después de comer. Supongo que ha sido mi culpa por decidirme a ver Sálvame Diario en lugar de echarme una siesta, como buen español.

Después de un video sobre un supuesto descubrimiento de lo que esconde no-sé-qué periodista que no lo es, sino que es fotógrafa, bla bla… El caso es que pasado el video, los colaboradores habituales del programa se han puesto a comentarlo. O eso se suponía. “Gorda borracha” decía uno de ellos. “Poco cocida”, decía la otra, refiriéndose a otra persona aludida en el video. No daba crédito. ¡Ay si yo hubiera dicho lo mismo esta mañana! Los insultos y descalificaciones proseguían y el presentador tampoco corregía a sus contertulianos. Belén Esteban sentenciaba: “es que yo soy muy sincera y lo digo todo a la cara, no como otras, ¡¡¡¡POCO COCIDAAA!!!

El comentario me ha hecho pensar, ¿tiene tanto valor ser tan excesivamente sincero?, ¿se solucionarían así los problemas del mundo? Y rápidamente las imágenes me han venido a la cabeza. Zapatero en una rueda de prensa le decía a Rajoy que le disgustaba profundamente ese continuo intento del líder de la oposición por hablar todo el día como si supiera pársel, el idioma de las serpientes que tan bien domina Harry Potter. A lo que Rajoy aparecía luego y comentaba que él pensaba del presidente del Gobierno que era un gilipollas innato y que no se merecía ni carbón el Día de Reyes.

Al cambiar de canal, aparecía Sara Carbonero tirándose de los pelos en pleno informativo diciendo que estaba hasta el moño de que la juzgaran por todo lo que hacía y que además ella no es ni periodista, porque tiene que recuperar aún varias asignaturas pendientes. Dicho lo cual escupía y se quitaba las lentillas, mostrando unos vulgares ojos marrones. Seguía zappeando y me encontraba con la ceremonia de los Óscar en la que una Penélope Cruz agradecía el premio a todos los productores con los que había cenado y le mostraba una peineta a Meryl Streep mientras le gritaba: “con lo vieja que estás, vete despidiéndote de los papeles que no te hagan estar en una silla de ruedas, ¡bruja amargada!”.

Naturalmente, me he quedado pensando en si todos somos hipócritas menos Belén Esteban y la respuesta ha sido NO. Si entramos en ese “juego”, ella tampoco estaría libre de pecado. Ni ninguno en su programa. Allí, día sí, día no, los colaboradores se lanzan como víboras los unos contra los otros, sacando los trapos sucios enterrados en un viejo cajón hace décadas pero al día siguiente se reparten los bollos que han traído desde Valdepeñas y se dan de comer las fresas que les han traído desde Santander.

Para mucha gente, la diferencia entre hipocresía, falsedad y diplomacia no existe y confunden la educación, el saber estar y la elegancia con ser un mequetrefe. Porque decidme cómo habrían acabado –sí, a hostias- los protagonistas del zapping que he hecho de haber sucedido así las cosas. Ya estoy harto de escuchar, y no sólo en la televisión, que la gente se atreva a decir todo lo que piensa sin medidas, bajo la sentencia “yo soy así de sincero, lo digo todo a la cara”. Como si eso fuese a salvarles el Día del Juicio Final. Ya basta de decir siempre lo primero que se te viene por la mente, de descalificaciones gratuitas y de comentarios hirientes escudándose en “lo que se lleva en la tele”.
¡A la mieeeeeerda todos!

¿Cómo le sentaría a Belén Esteban y al resto del grupito que dijésemos todos lo que pensamos de ellos? Si nos ponemos a analizar la situación y nos retomamos en el tiempo, la Princesa de Telecinco se operó la cara dos semanas después de que el padre de la mujer del padre de su hija –y olé- le dijera que tenía la nariz de una yonki. Y Kiko Hernández se ofende cuando dudan de su heterosexualidad o le acusan de no tener ningún tipo de cultura ni títulos académicos… Y ya ni hablemos de otros personajes como Jesús Mariñas, Karmele Marchante o la propia María Patiño, a la que se le hinchan las venas hasta cuando le dicen “adiós” en lugar de “buenas noches, presssiosssa”.

Vamos, que si nos ponemos así, yo mañana salgo de casa y empiezo a sonreír a todo el mundo mientras comento alegremente: “Hola, gorda. Buenos días, viejo infeliz. ¿Qué tal tu marido, hoy no se ha ido de putas?”. Y, seguramente, al cruzar la primera esquina, estaría en el suelo con tres cuchilladas en el abdomen, dos disparos en la cabeza y cinco patadas en la entrepierna. Hay que saber medir las palabras y controlar lo que uno dice y piensa. ¿Qué ganan, éstos, con ser así? ¿Se creen que los vamos a querer más? ¿Acaso su nómina se duplica? ¿Son más felices?

Vosotros, por si acaso, decidme que os ha gustado mucho el artículo, que cada día estoy más guapo y visto mejor, que soy el ser más genial que habéis conocido y que mi sonrisa es la más brillante que habéis visto nunca. Ya veréis qué bien nos vamos a llevar, salaos. ¡FELIZ DÍA DEL ODIO!

Roberto S. Caudet

viernes, 20 de agosto de 2010

Entre cuatro paredes que no son nuestra casa


Begoña González tiene cuarenta y dos años. Es madre de tres niños: Álvaro, Jaime y Fernando. Los tres viven todavía en casa, ya que Begoña y su marido tuvieron los hijos algo tarde, puesto que no tenían dinero suficiente para poderse casar antes. El padre de Begoña tiene alzhéimer desde hace cuatro años. Es viudo desde hace quince. Begoña trabaja de cocinera en el mismo restaurante en el que uno de sus hijos es camarero. Desayunan a las cinco y diez de la mañana. Comen en el propio restaurante y llegan a casa pasadas las siete de la tarde. Los otros hijos de Begoña González estudian todavía. Uno se ha mudado a la ciudad, ya que es el único lugar con Universidad; el otro repite Bachiller y cuando acaba las clases, sale con sus amigos de cervezas y a fumar.

Naturalmente, Begoña se ha visto obligada a ingresar a su padre en una residencia de la tercera edad. Su marido trabaja ahora por encargo personal, además de las faenas que hace en la ferretería en la que trabaja desde que era joven. Aún así, el gasto universitario de su hijo mediano y el de la residencia de su padre –privada, porque en la pública todavía no tiene plaza- hace que vaya apurada a final de mes.

Su vecino del quinto, Víctor Soriano, es camionero. Lleva mercancías inflamables hasta Francia continuamente. Por eso nunca ha encontrado una mujer que le dure más de dos meses y medio. En su casa hay lo básico, y siempre en conservas. Nunca, salvo en sus escasas vacaciones, hay fruta fresca en el frigorífico. La única familia que tiene es su madre, de noventa y cinco años. Doña Dolores Calvo sólo puede moverse en silla de ruedas y ayudada por alguien que la conduzca desde detrás.

Así pues, Víctor decidió invertir el dinero de la venta del piso de su madre, viuda en la guerra civil, en una residencia privada. Allí Dolores Calvo hace fisioterapia todos los días y ha aprendido a leer pequeños escritos muy simples. De vez en cuando pide que le escriban una carta a su hijo, al que ve tan sólo cuando su trabajo se lo permite que, por lo general, son dos veces al mes.

La tercera protagonista es Ainhoa Murillo. Ainhoa fue madre de seis hijos, pero tan sólo dos continúan en España: Su hijo mayor, Alberto, y la tercera de sus hijas, Izaskun. Entre los dos se encargan de cuidar a Ainhoa, que pasado mañana cumplirá setenta y nueve años. Alberto es celador en Urgencias del Hospital de Cruces, en Baracaldo. Habitualmente trabaja por las noches y cuando le toca tener a su madre en casa, la ha de dejar sola toda la madrugada. Izaskun es la dueña de una verdulería en Guipúzcoa y siempre es ella la que acude al mercado para captar las provisiones de la tienda.

Izaskun está encantada de poder tener a su madre en casa: hace las camas, prepara algo de almorzar y lleva a los dos nietos al colegio, a seis paradas en el bus de línea; limpia la casa por encima y hace la compra, la colada y por la tarde vuelve a recoger a sus nietos para llevarlos al parque con el resto de mamis y abuelas.

Todos estaréis de acuerdo en que Begoña, Víctor, Alberto e Izaskun se desviven por sus padres y cada uno intenta darles lo mejor que pueden. Sin embargo, hay personas que no podrían verse en la situación de Begoña y Víctor, porque rechazan tener que dejar a sus mayores en una residencia. Pero siendo prácticos y realistas, el padre de Begoña y la madre de Víctor están mejor atendidos que la madre de Alberto e Izaskun, que pasa sola la mitad de las noches y que, además, cuando vive con su hija acaba por ser una abuela explotada de manual.

¿Son mejores hijos los que trasladan a sus padres a vivir con ellos? ¿Sabemos realmente lo que los demás se ocupan de sus mayores? Nunca he entendido los que se atreven a prejuzgar que las residencias son todas, por defecto, lugares austeros, siniestros y donde los trabajadores maltratan a los ancianos por vicio. Es cierto, y muy lógico, que ninguno queramos acabar nuestros días entre cuatro paredes que no son nuestra casa. Que no las hemos decorado nosotros. Donde no hemos vivido absolutamente nada con nuestros amigos, junto a nuestros hijos.

Entiendo pues la frustración de los abuelitos y abuelitas que acuden por primera vez a una residencia. Al fin y al cabo son lugares donde se sabe que se va a morirse. Pero lo mismo son nuestras casas o las de nuestros hijos cuando cumplimos ciertas edades. La diferencia radica en que en nuestras casas no estamos rodeados de decenas de personas que nos son extrañas y de las que sólo sabemos lo que nos quieran contar de vez en cuando. Pero en nuestras casas no siempre hay un equipo médico al lado, ni enfermeras, ni un doctor, ni tampoco fisioterapeutas.

Es absolutamente irresponsable juzgar de abandono el hecho de ingresar a un familiar en una residencia, como todavía muchos piensan. Y es además muy hipócrita defender que los abuelos han de vivir en casa de los hijos para cuidar de los más pequeños y hacer de amas de casa. La gente puede hablar de sí misma y de los comportamientos y actitudes de aquellos a los que ven y conocen. Cuando los ven y los conocen. Lo que cada cual hace luego de puertas para dentro, es una vida que puede ser muy diferente.

Alberto e Izaskun pueden ser dos hijos majísimos con su madre, pero otros pueden pensar que la abandonan cada noche, precisamente cuando le pueden suceder más desgracias. E incluso alguno de los dos podría dejarla atada a la cama o pegarle en un momento de cabreo. El padre de Begoña pudo ser un justiciero en tiempos de Franco y pudo haber asesinado a ochenta republicanos. Begoña ha podido dejarlo en la residencia porque, simplemente, no puede verle la cara después de que viera cómo violaba a su hermana. No lo sabéis ninguno, ni yo tampoco. Y además todos los personajes son inventados. O quizá no.

Hoy Odio a todos aquellos que tildan de “abandonadores” a todos los que ingresan a sus padres en una residencia para la tercera edad. A todos los que prejuzgan el cuidado y la atención de la gente sin tener conocimiento de causa. A los que piensan que un abuelo en casa de su hijo está bien cuidado y punto. A todos los trabajadores de las residencias que realmente trabajan sin vocación y les importa lo mismo un abuelo que cuarenta. Odio a los hijos que dejan a sus padres en un sillón viendo la tele mientras salen a pasear y a comer. Odio también a todas las familias que tienen a sus abuelos reumáticos y alzheimerosos como niñeras, señoras de la limpieza y chóferes. Y Odio al Gobierno, por preocuparse tan poco de los ancianos y de los lugares y las condiciones en las que algunos viven. Que algunas de las solicitudes para ingresar en una residencia pública llegan después de que el interesado fallezca.

Feliz Día del Odio a todos.
Y en especial a los que todavía tenéis yayos que cuidar.

Roberto S. Caudet

lunes, 16 de agosto de 2010

Por no tener un apellido que deletrear


A la gente le importamos un pepino. Ni las ratas nos quieren consolar. Nadie llena nuestro estómago vacío, aunque siempre estamos roncas de llorar. Navidad no existe aquí. ¿Navidad? ¡Jamás la vi!

El fragmento pertenece a la mítica Esta vida es criminal, del musical de Annie. La huerfanita pelirroja que tuvo una suerte que ya quisiera la rusa-disneysiana Anastacia para sí. La otra noche me pasé dos horas escuchando la canción en la que las niñitas destrozan la vajilla del orfanato, rompen las almohadas y terminan por montar el show final en sus camas. Pero, evidentemente, no voy a hablar de lo brillante que siempre me ha parecido la película Annie (hablo de la versión de 1982) ni del tema arriba citado.

La canción, aunque muy divertida y sarcástica, dejaba patente una realidad sobre la que pocos se atreven a hablar, y muchos menos son los que confesarían haber vivido. Y eso me ha hecho reflexionar. ¿Tan horrible es ser huérfano? ¿Tan maléfico es uno que no tiene padres? Es comprensible que si algo no se desea nunca es la falta de los padres, aunque no nos pongan tele en el cuarto, pero no entiendo ese afán por ocultarlo por parte de unos y esa utilización de la orfandad por parte de otros como algo negativo, malvado.

El huérfano es aquel que no tiene padres. O padre, o madre, o los dos. Y, según la RAE, el huérfano es aquel al que le falta “especialmente el padre. No entraré en el conflicto machista que me plantea esta apostilla de los académicos, aunque me ha sorprendido absolutamente. En sí, pues, los huérfanos no tienen nada especial sino una desgracia venida encima. Además, sólo se consideran huérfanos a los menores de edad. Los hay que tienen suerte y viven con sus abuelos, con sus tíos… Pero los hay que no han tenido ni eso. Los hay que no conocen nada de sus orígenes, de sus raíces.

Los primeros, los que conservan miembros de su familia, todavía tienen sus posibilidades. Éstos solo conviven con la desgracia de toparse con algún imbécil que les recuerde la ausencia de sus padres o de tener un encuentro con Curri Valenzuela y que ésta les recrimine que no tienen padre porque su madre era muy socialista o los utilice como pisapapeles por ser hijos bastardos. Pero siempre tendrán alguien ahí que les recuerde que esa señora no es ni periodista.

¿Qué hay de los huérfanos que viven en pequeños orfanatos mucho más duros que el de Annie? Ellos, cuando les llegue la hora de salir del lugar, tendrán que enfrentarse absolutamente solos a un mundo cruel que les haga comentarios incómodos, incluso hirientes, o que se jacte de ellos. Porque todavía ocurre. Y cuando lleguen a sus casas sólo encuentren aire para abrazarse como un hombro en el que llorar. Tan duro como suena.

Hoy, en este artículo breve, me gustaría odiar a todos los padres y a todas las madres que se deshacen de sus hijos en conventos, en contenedores. A todos los seres que han abandonado a sus hijos pero luego han formado familias numerosas. A todos los que salen en El Diario de Patricia lamentándose de haber perdido a sus hijos por un gramo más de coca. A todos los padres y madres maltratadores. A los que asesinan a sus hijos y luego se suicidan. A todas las marujas que siguen hablando de “hijos ilegítimos” como un cáncer que haya que callar. A las guarras televisivas que buscan un padre famoso para que les dé un sueldo de por vida pero luego y vía sentencia judicial, repudian el apellido paterno.

Odio también a todos los que se atreven a ponerse en contra de la adopción de mujeres y hombres solteros. De parejas homosexuales. De cualquier núcleo que no sea “la típica familia”. A Frollo, por tratar tan sumamente mal a Quasimodo. Hoy Odio a todas esas circunstancias que apartan a los hijos de sus madres. De las madres de verdad. Biológicas o no, pero que se preocupan del cuidado de las criaturas.

Porque madre no hay más que una y todos –hasta Curri- nos merecemos tenerla al lado durante todo nuestro camino.

Y que no se olviden los de siempre que el primer hijo bastardo fue el propio Jesucristo. ¡Que me nieguen a mí que la Virgen cometió adulterio! ¡Y con el Santísimo! Por todos ellos. Por Annie. Por Anastacia. Por Quasimodo. Por los que no salen en la tele. Por todos los que tienen que enfrentarse a prejuicios y malas miradas por el mero hecho de no tener un apellido que deletrear.

Que canten los niños, que alcen la voz.
Que canten aquellos que no cantarán porque han apagado su voz.

Roberto S. Caudet

sábado, 14 de agosto de 2010

"Es muy guapo pero tiene el culo enorme"


El jueves estuve de compras. Hacía ya semanas que no compraba nada de ropa y eso en mí es especialmente extraño, el mundo lo sabe. Iba con mis padres tienda por tienda en busca de unas bermudas negras, aunque el resultado fue bien diferente. No hablaré de ninguno de los 6 pantalones que me compré, ni de sus precios, ni de las chanclas ni las botas. El jueves viví uno de esos momentos incómodos que uno no desea tener que vivir nunca.

Estaba yo tan ricamente en el probador de una de tantas tiendas Inditex probándome unos pantalones pitillo color mostaza cuando entraron a la zona de probadores una pareja de chicos no mucho mayores que yo. Mi radar detectó que eran una pareja reciente, a juzgar por el chupetón de uno de ellos en la parte izquierda del cuello y de cómo el otro había respondido a una de mis múltiples miradas lascivas involuntarias, a lo Ally McBeal.

Los tres seguimos probándonos ropa. Ellos se miraban entre ellos, y yo le pedía consejo a mi madre. Y entonces ocurrió la tragedia. La pareja resultó ser, efectivamente, un par de tortolitos, y franceses. El más bajito de los dos comentó alegremente “Mi amor, míralo, me gusta mucho el chaleco que lleva”. A lo que el alto y rubio soltó con un perfecto acento schti: “es bastante guapo, pero tiene el culo enorme”. En ese momento maldije saber francés y haber entendido lo que el muy imbécil había dicho sobre mi culito perfecto que en ese momento, para no faltar a la verdad, se embutía en unos pantalones color berenjena que no dudé en comprarme luego. De una talla más.

Diferentes imágenes sobrevolaron mi mente. En la primera serie de ellas, yo me aventuraba a maldecir al rubio de los cojones de por vida y le clavaba el mástil del probador en su ojo izquierdo hasta perforarle el cerebro. En la segunda tanda de imágenes me limitaba a salir con una bata de cola y gritarle: “Eres un gran necio, un estúpido engreído. Un payaso vanidoso”. En lugar de ello, me resigné a salir del probador ante la duda de si preguntarle a mi madre si me quedaban bien los siguientes pantalones o empezar a rumiar y a escupir las espinacas que había comido en el Gino’s horas antes.

Bien sabe Dios que si hay dos cosas con las que uno no se puede meter nunca es con el nivel intelectual y el físico de las personas. En ningún caso es elección de la persona salir de una manera u otra. Así, es absolutamente denigrante y cruel aprovecharse de los defectos de alguien para hacer mofa o siquiera rechazar a alguien. Y hace tres días tuve que sufrirlo yo. Pues qué divertido. Qué planazo.

Hoy, y sin venir mucho a cuento, me acuerdo de un gran amigo al que conocí hace unos seis años y que estuvo ingresado un mes -y sin visitas- a raíz de un infarto que le pudo causar la muerte. Un chico de 20 años que medía un metro setenta y cinco y pesaba cuarenta y nueve kilos. Él no es el único que sufre anorexia o bulimia en este planeta y la mayoría de casos empiezan con una anécdota estúpida como la vivida el otro día. Un día se sienten enormes para su tamaño y la mañana siguiente empieza una dieta del “no meriendo, no desayunoque termina por tirar cualquier mínima caloría ingerida.

Todos los que hemos sufrido una enfermedad así tan de cerca sabemos lo dura que es la impotencia de no poder obligar a nadie a comer y a que haga la digestión normal. Lo terrible que es saber que una persona se va consumiendo cada día por una serie de estereotipos que ha visto en televisión, en revistas, y tú no puedes hacer nada que no sea “qué guapo estás hoy, pero unos quilitos más te vendrían mejor”. Qué terrible es vivir las barbaridades que se pueden hacer con el físico por gustar a los demás y lo dañinos que son unos comentarios tontos y superficiales en un momento emocional inestable.

Hoy me acuerdo de ti, Dani, y Odio a todas aquellas personas que te hicieron pensar que no pasaba nada por dejar de comer en una semana, en dos. Odio a todas las campañas publicitarias que se permiten el lujo de mostrar al mundo a niñas esqueléticas como modelos de belleza. Odio las pasarelas de moda en las que en lugar de ropa desfilan un montón de huesos. Odio a los no cirujanos que operan a miles de mujeres al día de manera ilegal y con unas medidas insalubres por cuatro perras y se aprovechan de sus vulnerabilidades. De la desesperación de estas señoras.

Odio a la Barbie, a las Bratz, a todas las muñecas que si fueran humanas no se tendrían de pie. A todos los retoques de Photoshop que hacen a las cantantes y modelos para parecer “perfectas”. Odio a la mente humana por permitir que se dañen los cuerpos de esa manera. Odio al señor que inventó la anorexia y la bulimia y a estas dos enfermedades asquerosas por llevarse cada día a cientos de personas que no veían sino un espejo distorsionado que les mostraba una realidad muy deforme. Y, por supuesto, odio al francés que osó llamarme culogordo.

Y, nuevamente y para no alargar, os dejo en el primer comentario del artículo la canción Dieciséis”, de Chenoa, una letra simple pero directa, que resume, básicamente, la espiral en la que terminan millones de personas al año que empezaron con una dieta tonta sacada de una revista.

Feliz Día del Odio a todos. Muerte a la Operación Bikini.

Roberto S. Caudet

martes, 10 de agosto de 2010

Gaga hace sus canciones con una sola frase



Estefanía Juana Angelina Germanotta nació el 28 de marzo de 1986 en Nueva York. Es, según asegura la Wikipedia, cantante, compositora, bailarina y teclista. Lo investigaré. Hace dos años y por motivos que desconozco absolutamente, nuestra querida Estefanía Juana se convirtió en Lady Gaga. No sabría decir cuál de los dos me complace más. Poco importa, el caso es que ella es mi odiada de hoy.

Según me cuentan, Estefanía Juana ha vendido 15 millones de álbumesa mí sí se me ha quedado cara de Póker- y cuenta con, o eso me dicen, ciento ochenta y seis (186) nominaciones a premios musicales y ha ganado 84 de ellos, casi la mitad. Llegados a este punto, uno podría plantearse si dejarla a un ladito y odiar cosas con menos éxito, pero si me atreví con Guarronna… Estefanía Juana no va a ser menos.

Mi Odio por Gaga no viene de muy lejos, ya que al fin y al cabo, se la conoce desde hace poco más de dos años, si llega. Confieso haber cantado –y bailado- todos sus singles comerciales, y además, Alejandro y Poker face han estado entre mi repertorio musical y sabría recitar algunas de sus estrofas. ¿Qué me pasa, pues, con la Juani americana? Pues eso, precisamente. No entiendo qué necesidad ha tenido y tiene en convertirse en una mezcla (im)perfecta entre Blossom, Punky Bruster, Pipi Calzaslargas y Celia Cruz disfrazada de la familia Monster.

Está claro que todos los artistas se diferencian en algo: Julio Iglesias por meter sus manos en sus bolsillos de manera perenne, su hijo por su berruga, Bárbara Streisand por su nariz y Withney Houston por su afición al crack. Pero todos han sabido separarse de sus taras y hacerse valer por sus cualidades vocales e interpretativas. Unos mejor que otros, también debo decir. Siempre ha habido pequeñas Puti-niñatas que salían al escenario con coletas y falda a cuadros y tilines medio esculturales mientras desafinaban con todo su arte unos estribillos muy pegadizos. Naturalmente, hablo de Britney Spears, las cinco Spice Girls –si es que Victoria cantaba- y, por qué no, Christina Aguilera en sus tiempos de Barbie Girl.

Las niñas y locas del mundo las tenían como sus mitos y se peleaban por hacerse rubias, cantar en inglés y comprarse un top de nike con pantalón de chándal a juego por encima del ombligo. Todo aderezado con purpurina en el escote, la cara y los brazos. ¿Con qué deben de soñar ahora las niñas y las locazas? Me las imagino poniéndose la cortina del baño como vestido, atada con un cinturón de Chanel y unas plataformas imposibles mientras pegan cartulinas y coladores en sus mega gafas de sol y pintan sus melenas de colores del espacio para luego envolverlas en unas medias de rejilla o enchufarlos en una medusa. Qué horror. Qué absurdo. Qué pintoresco. Qué fatal. La chica es fea, y eso hay que reconocerlo, pero no necesita taparse la cara todo el día. Cuando Gaga sale a la calle debe pensar que es el Día del Juicio Final y se pone todo lo que encuentra en casa sin pensar cómo le queda ni dónde va cada cosa.

Nuestra querida Juani-Gaga se ha empeñado en llamar la atención más por cómo viste –o cómo no viste- y por cuántos chulazos salgan en sus videoclips. Porque eso es otra… ¿Es verdaderamente necesario que sus videoclips de promoción duren, al menos, lo mismo que Titanic y Lo que el viento se llevó? El otro día puse Paparazzi y me duró lo mismo que la trilogía extendida de El señor de los anillos. Menudo desfase. Y en realidad no había nada que ver. Todos los videoclips son iguales. Gente semidesnuda embutida en plásticos fil de guardar alimentos, sobándose y retozando como lo hacían en La Isla Bonita Guarronna y Sosana. Terrible. Sobrecogedor.

Pensaréis que pienso –y olé- que Lady Gaga no hace nada bueno por este mundo. Pero os equivocáis. Creo que hay una gran faceta desconocida y poco valorada de la transformista americana que todo el mundo pasa por alto. Os invito a que cantéis alguno de sus estribillos en voz alta. Señor, pero afinad un poco. ¿No caéis en lo que os digo? Exacto. Si tuviéramos que hacer una nueva academia Opening en España, si tuviéramos que relanzar los Learn English with Mickey, seguramente la nueva imagen de las campañas publicitarias sería la Juana Morgana o como se apellidara. ¡Sus estribillos son como el A-B-C para los niños!

“No puede leer mi. No puede leer mi. No, él no puede leer mi mente. Cara de po-po-po-poker. Cara de po-po-po-poker”.

“No digas mi nombre. No digas mi nombre. Alejandro. Alejandro. Alejandro. Ale-Alejandro. Ale-Alejandro”.

Con una sola frase, Gaga es capaz de hacer minuto y medio de canción. Basta con separar sus sílabas y repetirlas hasta que tu esófago se cierre en banda y tu cerebro confunda peras con manzanas. Con este tipo de letras, muchos otros artistas no harían el ridículo en sus conciertos. Y eso cuando a la señorita Estefa le da por hacer frases con sentido…

“Sólo baila. Vas a estar bien. Da da doo-doo-mmm. Sólo baila. Vas a estar bien. Ba-ba-baila. Baila. Baila. So-so-sólo baila. Da da doo-doo-mmm”.

Poesía para nuestros oídos. En fin. No se le puede pedir más a la mujer. No con ese sentido de la moda, desde luego. Hoy, como decía, Odio a Lady Gaga. Más que a ella, a todo lo que la envuelve. Odio que sus fans la defiendan sin saber muy bien por qué. Odio que para ella unos pantalones básicos estén hechos de papel de plata. Odio todas sus gafas ¿de sol? Odio lo chunga que es. Lo malota. Sus amistades. Odio sus canciones facilonas pero absolutamente pegadizas. Y Odio que acabe cantándolas todas ellas. Si es que Lady Gaga no es buena ni para un Carnaval… ¿De cuál de todas ellas te disfrazas? Señor… Qué escalofríos. Y eso que el programa del más allá no se estrena hasta esta noche. Besos terroríficos, que diría uno que yo me sé.

¡Feliz Día del Odio!

Roberto S. Caudet

domingo, 8 de agosto de 2010

Por muchas lunas llenas


Una semana sin Odio no siempre implica una semana feliz. De hecho, la ausencia de artículos de estos últimos días se ha debido a que he estado enfermito y sin ganas algunas de encender el ordenador y ponerme a despotricar. Aunque lo hago muy a gusto, vaya. El caso es que también he estado sin música estos días. Me producía más dolor de cabeza. Ayer, ya recuperado prácticamente, decidí volver a la vida normal y la primera canción que me vino a la mente fue por causas del destino –y de mis gafas de sol- “Por muchas lunas llenas”, de la catalana Roser.

La canción siempre me ha parecido de las peores de su cedé “Desperté”, con el que la Popstar iniciaba una carrera musical en solitario (la única que continúa tras el desfase de programa) y que hace poco se relanzó con su último disco, “Clandestino” con cuyo primer single “La bestia” se armó de valor y no dudó en disparar contra su ex discográfica. ¿Suena a típico, verdad? No se crea Roser la única cantante que ha plantado cara a sus jefes. El triunfito Naím Thomas –el riquísimo Naím Thomas- ya escribió en una de sus canciones “Valemusic ya no confía en mí” con la primera letra de cada verso, y que tuvo su momento polémico.

También la triunfita Idaira (“Noemí, por lista, Idaira finalista”) intentó dedicarle una canción a todos aquellos que pensaban que cantaba mal y que destrozaba las canciones que le daban en la Academia. Si no me equivoco, Nika y Ainhoa Cantalapiedra también tienen temas “reivindicativos”. Qué niñatos todos, diréis. Pues yo creo que no. Precisamente, hoy quisiera sumarme a todos ellos y solidarizarme. Este artículo de hoy se centra especialmente en el olvido musical.

Decidme, ¿cuántos nombres os vienen a la cabeza si os digo Operación Triunfo 1? Seguramente os acordaréis de los 16 participantes y hasta sabríais decirme algunas de sus canciones. Porque todos ellos lograron sacar, al menos, un disco con canciones más o menos acertadas y con un estilo más o menos definido. El momentazo de OT-1 fue espectacular y las audiencias históricas. Tanto fue así que Televisión Española repitió el concurso otros dos años más, con una línea a la baja y con una tercera edición de la cual ya no se acuerda nadie.

Telecinco cogió el relevo y nos vendió una cuarta generación de “artistas” entre los cuales no se olvidan ni Soraya, ni Edurne… ni ya. Sergio Rivero ganó por una diferencia de votos no muy amplia pero el planeta ya lo ha olvidado. A él y a su cara de Peugeot 206. Del resto de participantes de las otras muchas ediciones que ha organizado Telecinco, ya nadie se acuerda. Tan sólo La Campos los lleva consigo en sus tardes de sábado con el temático “¡Qué tiempo tan feliz!”. Terrible, la verdad.

Uno se pregunta a estas alturas por qué ninguno de los ganadores de Operación Triunfo tiene una carrera musical importante. Por qué no suenan sus canciones en las radios. Por qué no los vemos en la televisión cantando sus… Aquí está el fallo. ¿Cuántos programas musicales hay en la televisión actual? Ninguno. Hoy en día no es fácil ser cantante ni hacerse un hueco en el panorama musical español y no creo que sea cuestión de la crisis.

Desde hace un tiempo, ninguna de las cadenas de televisión, ni privadas ni públicas, se dedica a vender ni a promocionar nuevos artistas. Ni tampoco a los antiguos. ¿Dónde está Música Sí? ¿Qué fue de Noche de fiesta? Incluso la gala Miss España reunía a varios artistas sobre el escenario. Y no me refiero a las candidatas con sus bocas y piernas prodigiosas. Me refiero a artistas de cantantes. Desde hace unos años, hasta las galas de Nochevieja son refritos de actuaciones ya descatalogadas. De cantantes haciéndose pasar por otros cantantes, de canciones del Caribe 1889 y de humoristas de cuando la Revolución Francesa. Así, desde luego, es imposible abrirse camino en España.

Si se sintoniza cualquier emisora de radio en nuestro país, probablemente tengamos “las mejores canciones” de los años 70, 80 y 90; y a las últimas estrellitas salidas de Estados Unidos o de por allá. Tan sólo se escucha alguna nueva canción en español si proviene de La Oreja de Van Gogh, Alejandro Sanz, Juanes o Shakira, y eso cuando les da por cantar en español.

Es lamentable comprobar cómo ha decaído la música en España y no sólo por la piratería. Las propias discográficas prefieren sacarle un disco “más de lo mismo” a Rosario que apostar por una nueva voz. Hasta el Disco Estrella 2010 contiene más canciones en inglés que en español. Luego nos extraña que en OT todos canten en el idioma de la Thatcher y que hasta en los castings que enfrenten unos pobres ilusos a una lengua que desconocen pero que intentan imitar fonéticamente y hasta con acento a lo Melanie Griffith. Patético. Pero, en cambio, bien que quieren los de siempre que en Eurovisión se cante en español

Hoy mi Odio va para todos aquellos que hacen y deshacen la programación en España. Para los productores de televisión. Para los directores de programas. Para los que siguen insistiendo en poner a Melody, Armando Manzanero y Thalía en Los 40 Latino en lugar de renovarse, por lo menos, al año 1990. Odio a todas las discográficas que no promocionan a nuevos talentos, o a los que consideran menos rentables. Odio también a las fiestas de los pueblos que gastan más dinero en bous al carrer y en chuminadas por el estilo y luego no son capaces de llevar a un buen cantante para que amenice. Y Odio también a todos aquellos que visten y peinan a los triunfitos y antaño a las Popstars. Odio a los que les ponen canciones de mieeeerda para que se hundan en lo más profundo del fango musical. Y Odio a los que se meten con ellos por venir de concursos. ¿Qué otra plataforma sino?

Y hablando de plataformas… mi próximo Odio ya auguro que es un poco transformista. Muajajá…lejandro!

¡Feliz Día del Odio a todos!

Posdata: Os dejo, en el primer comentario del artículo –por no alargarlo- la letra de la canción “Por muchas lunas llenas”, de Roser, que hoy titula el Odio y que además dedico, muy especialmente, a Adrianos.

Roberto S. Caudet

viernes, 30 de julio de 2010

Cataluña está fresquíbiris


El día 28 de julio de 2010 será recordado en todo el Universo como el Día por la Vida. Y tranquilos, que no estoy abanderando ningún Foro de la Familia contra el Aborto. De hecho, apostaría por que muchos de los animalitos de los que voy a hablar –y no será ni la primera vez ni la segunda- son más humanos que la panda de aburrrrridos que pueblan el FF.

Se podría decir que siempre llego tarde a las noticias interesantes, pero es que mi moral y mis principios me obligan a empaparme bien de lo que voy a hablar y a leer diferentes versiones de los hechos antes de escribir sobre algo. Por un lado, para no equivocarme en fechas, datos y en los hechos, y por otro, para poder analizar mejor la situación viendo opiniones contrarias a las mías. Sin embargo, sobre este asunto no concibo que haya alguien que piense lo contrario de lo que pienso yo. Y si los hay, porque los hay, tienen que tener algún tipo de problema.

Como decía, hace ya dos días, el Parlament de Catalunya daba el “Sí, quiero” a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Una mayoría absoluta –y aplastante- de los votantes se enfrentaba a España entera –y por qué no, al mundo, y a El Mundo también- por defender principios básicos como la dignidad, la decencia y la vida. Porque, permitidme, una corrida de toros no tiene ninguno de esos valores. Las corridas de toros son inhumanas, indecentes, indignas, humillantes y abominables. Me produce náuseas el hecho siquiera de imaginarme una plaza de toros.

La polémica sobre la prohibición se ha servido en un plato muy caliente, casi en estado de ebullición. Y eso no puede ser bueno. Pues bien, ése es el tema que centra hoy mi estado de Odio. Conste en acta que puedo entender que haya gentuza que esté a favor del asesinato lento y agonioso público de toros en un cerco cerrado. Puedo entender pues que éstos se ofendan ante la Prohibición de tal acto lamentable por parte del Parlament Català. Pero lo que no entiendo ni me explico es cómo se puede sacar de contexto la noticia hasta el punto de confirmar que Cataluña no quiere las corridas para alejarse de España y sus costumbres.

¿Cuál sería la portada de El Mundo, de ABC o de La Razón si fuera Obama el que hubiera prohibido las corridas? ¿Pedirían la dimisión del presidente de Estados Unidos? ¿Se les ocurriría decirle a Zapatero en un Pleno que dejara de tener relaciones con él, con su país? ¿Acaso dirían los periodistas de estos tres diarios que el negrito quiere des-hispanizarse? Seguramente no. Pero lleguemos más lejos… ¿No es absoluta hipocresía defender el derecho a la vida pero aceptar que se maten toros? Demagogia barata también, pero entre los políticos es incluso lícito. Al fin y al cabo, forma parte de la oratoria romana, ¿no?

Es tremendamente absurdo e incoherente lo que hacen ciertos grupos de nuestra sociedad según les conviene. Y ya ni me meto si empezamos a analizar esos mítines en los que según qué políticos instan a las regiones a diferenciarse, animan a las Comunidades Autónomas a seguir siéndolo y se alegran de que España no sea un Estado centralista. Pero luego y cuando les tocan “en el alma”, se llevan las manos a la cabeza porque una de estas CCAA se les escape del cauce. Hipócritas. Mamarrachos.

Yo hoy, como dice el anuncio, soy fan de Cataluña. Soy fan de los toros. De los vivos, no de las corridas. Y soy fan de todos y cada uno de esos 68 políticos catalanes que han votado a favor de la prohibición de las corridas. Porque por fin alguien se ha atrevido, por la vía legal y oficial, a alejarse de la España de los años de Esteso y Pajares. Y hablando de Esteso, me estoy acordando de una súper actriz a la que le chupó un pezón…



Hoy, Cataluña está fresquíbiris, fresquíbiris, fresquíbiris. Y me da mucho gustíbiris, gustíbiris, Odiar. A todos los salvajes que siguen defendiendo esa supuesta Fiesta Nacional. A todos los personajes que aprovechan una futura Ley que debería ser universal para arremeter de manera ruin y barata con los insultos fáciles y contra los nacionalismos que no tienen nada que ver. Si es que hay algunos que no quieren peras y manzanas pero luego mezclan la velocidad con el tocino…

Felicitats, Catalunya. Felicitats bous del món sancer.
Feliç Dia de l’Odi a tothom!

Roberto S. Caudet