Begoña González tiene cuarenta y dos años. Es madre de tres niños: Álvaro, Jaime y Fernando. Los tres viven todavía en casa, ya que Begoña y su marido tuvieron los hijos algo tarde, puesto que no tenían dinero suficiente para poderse casar antes. El padre de Begoña tiene alzhéimer desde hace cuatro años. Es viudo desde hace quince. Begoña trabaja de cocinera en el mismo restaurante en el que uno de sus hijos es camarero. Desayunan a las cinco y diez de la mañana. Comen en el propio restaurante y llegan a casa pasadas las siete de la tarde. Los otros hijos de Begoña González estudian todavía. Uno se ha mudado a la ciudad, ya que es el único lugar con Universidad; el otro repite Bachiller y cuando acaba las clases, sale con sus amigos de cervezas y a fumar.
Naturalmente, Begoña se ha visto obligada a ingresar a su padre en una residencia de la tercera edad. Su marido trabaja ahora por encargo personal, además de las faenas que hace en la ferretería en la que trabaja desde que era joven. Aún así, el gasto universitario de su hijo mediano y el de la residencia de su padre –privada, porque en la pública todavía no tiene plaza- hace que vaya apurada a final de mes.
Su vecino del quinto, Víctor Soriano, es camionero. Lleva mercancías inflamables hasta Francia continuamente. Por eso nunca ha encontrado una mujer que le dure más de dos meses y medio. En su casa hay lo básico, y siempre en conservas. Nunca, salvo en sus escasas vacaciones, hay fruta fresca en el frigorífico. La única familia que tiene es su madre, de noventa y cinco años. Doña Dolores Calvo sólo puede moverse en silla de ruedas y ayudada por alguien que la conduzca desde detrás.
Así pues, Víctor decidió invertir el dinero de la venta del piso de su madre, viuda en la guerra civil, en una residencia privada. Allí Dolores Calvo hace fisioterapia todos los días y ha aprendido a leer pequeños escritos muy simples. De vez en cuando pide que le escriban una carta a su hijo, al que ve tan sólo cuando su trabajo se lo permite que, por lo general, son dos veces al mes.
La tercera protagonista es Ainhoa Murillo. Ainhoa fue madre de seis hijos, pero tan sólo dos continúan en España: Su hijo mayor, Alberto, y la tercera de sus hijas, Izaskun. Entre los dos se encargan de cuidar a Ainhoa, que pasado mañana cumplirá setenta y nueve años. Alberto es celador en Urgencias del Hospital de Cruces, en Baracaldo. Habitualmente trabaja por las noches y cuando le toca tener a su madre en casa, la ha de dejar sola toda la madrugada. Izaskun es la dueña de una verdulería en Guipúzcoa y siempre es ella la que acude al mercado para captar las provisiones de la tienda.
Izaskun está encantada de poder tener a su madre en casa: hace las camas, prepara algo de almorzar y lleva a los dos nietos al colegio, a seis paradas en el bus de línea; limpia la casa por encima y hace la compra, la colada y por la tarde vuelve a recoger a sus nietos para llevarlos al parque con el resto de mamis y abuelas.
Todos estaréis de acuerdo en que Begoña, Víctor, Alberto e Izaskun se desviven por sus padres y cada uno intenta darles lo mejor que pueden. Sin embargo, hay personas que no podrían verse en la situación de Begoña y Víctor, porque rechazan tener que dejar a sus mayores en una residencia. Pero siendo prácticos y realistas, el padre de Begoña y la madre de Víctor están mejor atendidos que la madre de Alberto e Izaskun, que pasa sola la mitad de las noches y que, además, cuando vive con su hija acaba por ser una abuela explotada de manual.
¿Son mejores hijos los que trasladan a sus padres a vivir con ellos? ¿Sabemos realmente lo que los demás se ocupan de sus mayores? Nunca he entendido los que se atreven a prejuzgar que las residencias son todas, por defecto, lugares austeros, siniestros y donde los trabajadores maltratan a los ancianos por vicio. Es cierto, y muy lógico, que ninguno queramos acabar nuestros días entre cuatro paredes que no son nuestra casa. Que no las hemos decorado nosotros. Donde no hemos vivido absolutamente nada con nuestros amigos, junto a nuestros hijos.
Entiendo pues la frustración de los abuelitos y abuelitas que acuden por primera vez a una residencia. Al fin y al cabo son lugares donde se sabe que se va a morirse. Pero lo mismo son nuestras casas o las de nuestros hijos cuando cumplimos ciertas edades. La diferencia radica en que en nuestras casas no estamos rodeados de decenas de personas que nos son extrañas y de las que sólo sabemos lo que nos quieran contar de vez en cuando. Pero en nuestras casas no siempre hay un equipo médico al lado, ni enfermeras, ni un doctor, ni tampoco fisioterapeutas.
Es absolutamente irresponsable juzgar de abandono el hecho de ingresar a un familiar en una residencia, como todavía muchos piensan. Y es además muy hipócrita defender que los abuelos han de vivir en casa de los hijos para cuidar de los más pequeños y hacer de amas de casa. La gente puede hablar de sí misma y de los comportamientos y actitudes de aquellos a los que ven y conocen. Cuando los ven y los conocen. Lo que cada cual hace luego de puertas para dentro, es una vida que puede ser muy diferente.
Alberto e Izaskun pueden ser dos hijos majísimos con su madre, pero otros pueden pensar que la abandonan cada noche, precisamente cuando le pueden suceder más desgracias. E incluso alguno de los dos podría dejarla atada a la cama o pegarle en un momento de cabreo. El padre de Begoña pudo ser un justiciero en tiempos de Franco y pudo haber asesinado a ochenta republicanos. Begoña ha podido dejarlo en la residencia porque, simplemente, no puede verle la cara después de que viera cómo violaba a su hermana. No lo sabéis ninguno, ni yo tampoco. Y además todos los personajes son inventados. O quizá no.
Hoy Odio a todos aquellos que tildan de “abandonadores” a todos los que ingresan a sus padres en una residencia para la tercera edad. A todos los que prejuzgan el cuidado y la atención de la gente sin tener conocimiento de causa. A los que piensan que un abuelo en casa de su hijo está bien cuidado y punto. A todos los trabajadores de las residencias que realmente trabajan sin vocación y les importa lo mismo un abuelo que cuarenta. Odio a los hijos que dejan a sus padres en un sillón viendo la tele mientras salen a pasear y a comer. Odio también a todas las familias que tienen a sus abuelos reumáticos y alzheimerosos como niñeras, señoras de la limpieza y chóferes. Y Odio al Gobierno, por preocuparse tan poco de los ancianos y de los lugares y las condiciones en las que algunos viven. Que algunas de las solicitudes para ingresar en una residencia pública llegan después de que el interesado fallezca.
Feliz Día del Odio a todos.
Y en especial a los que todavía tenéis yayos que cuidar.
Roberto S. Caudet






