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lunes, 23 de agosto de 2010

¿Somos todos hipócritas menos Belén Esteban?


Me he planteado la duda seriamente esta misma tarde después de varios acontecimientos que han ido ocurriendo a lo largo de hoy… Me he despertado muy tranquilo, sin saber qué iba a ocurrir, pero antes de comer he vivido una de esas conversaciones en las que uno prefiere sonreír y mostrar una diplomacia exagerada, aunque la otra persona no sea capaz de sentirla. Al despedirme, he pensado lo falso que había sido en ese encuentro casual, pero lo bien que se ha quedado la otra persona a la que no le daba la contra en ningún momento.

También es cierto que la vida no me iba en lo que ese personajito me estaba contando y por ello me he limitado a ser cordial. Una disputa habría sido muy tonta y además sé muy bien que no habríamos llegado a buen puerto. Pero mi perspectiva ha cambiado esta misma tarde, justo después de comer. Supongo que ha sido mi culpa por decidirme a ver Sálvame Diario en lugar de echarme una siesta, como buen español.

Después de un video sobre un supuesto descubrimiento de lo que esconde no-sé-qué periodista que no lo es, sino que es fotógrafa, bla bla… El caso es que pasado el video, los colaboradores habituales del programa se han puesto a comentarlo. O eso se suponía. “Gorda borracha” decía uno de ellos. “Poco cocida”, decía la otra, refiriéndose a otra persona aludida en el video. No daba crédito. ¡Ay si yo hubiera dicho lo mismo esta mañana! Los insultos y descalificaciones proseguían y el presentador tampoco corregía a sus contertulianos. Belén Esteban sentenciaba: “es que yo soy muy sincera y lo digo todo a la cara, no como otras, ¡¡¡¡POCO COCIDAAA!!!

El comentario me ha hecho pensar, ¿tiene tanto valor ser tan excesivamente sincero?, ¿se solucionarían así los problemas del mundo? Y rápidamente las imágenes me han venido a la cabeza. Zapatero en una rueda de prensa le decía a Rajoy que le disgustaba profundamente ese continuo intento del líder de la oposición por hablar todo el día como si supiera pársel, el idioma de las serpientes que tan bien domina Harry Potter. A lo que Rajoy aparecía luego y comentaba que él pensaba del presidente del Gobierno que era un gilipollas innato y que no se merecía ni carbón el Día de Reyes.

Al cambiar de canal, aparecía Sara Carbonero tirándose de los pelos en pleno informativo diciendo que estaba hasta el moño de que la juzgaran por todo lo que hacía y que además ella no es ni periodista, porque tiene que recuperar aún varias asignaturas pendientes. Dicho lo cual escupía y se quitaba las lentillas, mostrando unos vulgares ojos marrones. Seguía zappeando y me encontraba con la ceremonia de los Óscar en la que una Penélope Cruz agradecía el premio a todos los productores con los que había cenado y le mostraba una peineta a Meryl Streep mientras le gritaba: “con lo vieja que estás, vete despidiéndote de los papeles que no te hagan estar en una silla de ruedas, ¡bruja amargada!”.

Naturalmente, me he quedado pensando en si todos somos hipócritas menos Belén Esteban y la respuesta ha sido NO. Si entramos en ese “juego”, ella tampoco estaría libre de pecado. Ni ninguno en su programa. Allí, día sí, día no, los colaboradores se lanzan como víboras los unos contra los otros, sacando los trapos sucios enterrados en un viejo cajón hace décadas pero al día siguiente se reparten los bollos que han traído desde Valdepeñas y se dan de comer las fresas que les han traído desde Santander.

Para mucha gente, la diferencia entre hipocresía, falsedad y diplomacia no existe y confunden la educación, el saber estar y la elegancia con ser un mequetrefe. Porque decidme cómo habrían acabado –sí, a hostias- los protagonistas del zapping que he hecho de haber sucedido así las cosas. Ya estoy harto de escuchar, y no sólo en la televisión, que la gente se atreva a decir todo lo que piensa sin medidas, bajo la sentencia “yo soy así de sincero, lo digo todo a la cara”. Como si eso fuese a salvarles el Día del Juicio Final. Ya basta de decir siempre lo primero que se te viene por la mente, de descalificaciones gratuitas y de comentarios hirientes escudándose en “lo que se lleva en la tele”.
¡A la mieeeeeerda todos!

¿Cómo le sentaría a Belén Esteban y al resto del grupito que dijésemos todos lo que pensamos de ellos? Si nos ponemos a analizar la situación y nos retomamos en el tiempo, la Princesa de Telecinco se operó la cara dos semanas después de que el padre de la mujer del padre de su hija –y olé- le dijera que tenía la nariz de una yonki. Y Kiko Hernández se ofende cuando dudan de su heterosexualidad o le acusan de no tener ningún tipo de cultura ni títulos académicos… Y ya ni hablemos de otros personajes como Jesús Mariñas, Karmele Marchante o la propia María Patiño, a la que se le hinchan las venas hasta cuando le dicen “adiós” en lugar de “buenas noches, presssiosssa”.

Vamos, que si nos ponemos así, yo mañana salgo de casa y empiezo a sonreír a todo el mundo mientras comento alegremente: “Hola, gorda. Buenos días, viejo infeliz. ¿Qué tal tu marido, hoy no se ha ido de putas?”. Y, seguramente, al cruzar la primera esquina, estaría en el suelo con tres cuchilladas en el abdomen, dos disparos en la cabeza y cinco patadas en la entrepierna. Hay que saber medir las palabras y controlar lo que uno dice y piensa. ¿Qué ganan, éstos, con ser así? ¿Se creen que los vamos a querer más? ¿Acaso su nómina se duplica? ¿Son más felices?

Vosotros, por si acaso, decidme que os ha gustado mucho el artículo, que cada día estoy más guapo y visto mejor, que soy el ser más genial que habéis conocido y que mi sonrisa es la más brillante que habéis visto nunca. Ya veréis qué bien nos vamos a llevar, salaos. ¡FELIZ DÍA DEL ODIO!

Roberto S. Caudet