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lunes, 26 de octubre de 2009

Hay un trozo de mero en mi nariz



Son las diez menos cuarto de la noche. Me acabo de poner la colonia cara que me compré por Navidades. No llego, no llego. Cojo rápidamente el tabaco y la tarjeta, por si acaso. La cena es de etiqueta. Me voy a por el móvil. Llamo al taxi mientras bajo corriendo las escaleras, no hay tiempo para el ascensor. Me fumo el cigarro del estrés. Diez menos cinco. Llega el taxi a casa. Le indico. Diez y diez, todo el mundo sigue de pie en el recibidor del salón. Me alegro. Van todos guapísimos. Los trajes de chaqueta de esos dos me recuerdan a los que vi ayer en Armani. Y el vestido de aquella también. Cari, me encantan tus zapatos. Y a mí tu corbata, Roberto. Dos besitos. Diez y media, nos sentamos a cenar. Estamos en la última noche del año.

En la mesa podemos observar un sinfín de manjares para cualquier persona de clase media, incluso me sorprendo de la naturalidad con la que Débora abre el bogavante enorme del primer plato, parece haber nacido para partirlos y comérselos, está entrenada. Todo el salón es de un marrón chocolate que parece la última entrega de los premios Larra. ¿Qué más se puede pedir? Las sonrisas otorgan un halo especial a nuestra mesa. No, espera, el halo es por el humo del tabaco. Pero qué genial es todo. Miro el reloj de nue…. Ajg. Ñas. Cross. Lab lab jar jub. ¿QUÉ DEMONIOS…?




Me giro a mi izquierda. Ricardo. ¿Por qué come así? ¿Qué necesidad tiene de abrir tanto la boca? Oh, en serio, que pare. Me sonríe. Me quedo con cara de póquer. Se troncha. De pronto se convierte en una fuente. Salpica. Dios, hay un trozo de mero en mi nariz. No me lo puedo creer. Sí, sigue ahí. Tengo que quitármelo rápidamente. Qué asc… Zas clium ñas ñas ñas. OH. ¿Pero qué mierdas pasa ahora?




Tenía que ser Adela. ¿Qué le pasa a su garganta? Está queriendo decir algo. Gruñe. Parece mi perra cuando le intentas limpiar las patas porque ha pisado barro. Vale, creo que ha dicho algo en alemán. ¿O es ruso? No. Es Adela haciendo mucho ruido masticando. Como si no tuviera bastante con el aspersor de mero de Ricardo como para tener que aguantar ahora al microondas rumiante de Adela. JAJAJAJAJAJAJA PUM. Alguien se ha reído con todo su arte por un chiste, supongo. Y ha dado un golpe a la mesa. Venga, ¿falta alguien más? Con tanto ruido asqueroso e infernal parece que me hayan metido en uno de los mítines de José María Aznar. Ay. Acabo de imaginarlo en la mesa. Con el bigotito manchado de la crema de puerro del entrante. Iuj. Chumbi-chumbi. Clas clas. Zsssssss. Ricardo otra vez. Le pregunto si le pasa algo. Me dice que no. ¿Entonces por qué comes con la boca abierta? ¿Tienes alguna necesidad específica? ¿Eres un nuevo atajo de la 340? ¿O es que te lo han aconsejado en Saber Vivir? ¿Te han dicho que por cada gramo de comida que viertas sobre la cara de tu compañero tu presión arterial aumenta y con ella adelgazas seis kilos? Dios.

Acabo de recordar que he dejado el bazooka en casa. Liz se apunta a la fiesta. Al parecer ha decidido que con el oxígeno que percibe por la nariz sus tetas enormes de silicona barata podrían desinflarse y también come ahora con la boca abierta. Ahora que la miro, tiene un implante en la segunda muela de la izquierda. Aunque es muy raro. Oh, es un trozo de la morcilla que nos sirvieron al principio. Cuanto más intento relajarme, más ruiditos oigo. Tengo la sensación de estar dentro de las tripas de alguien que ha comido fabada durante tres años seguidos. Fabada para comer. Para cenar. Fabada para el desayuno… Alguien arrastra su silla de manera muy fuerte. La mesa entera se ríe. No. Ha sido Sonia eructando de manera estridente. Me empieza a poner nervioso la panda de Furbys que tengo por amigos. Tengo la sensación de que si por esa puerta entrase un chelo tendríamos la Orquesta Sinfónica. O la Banda Sonora Original de Godzilla.

Odio a la gente que come con la boca abierta. A los que mastican haciendo un ruido excesivo. A todos aquellos que en la mesa parecen haberse quedado en los doce años. Odio a la gente que eructa, que escupe la comida, que devuelven la comida al plato si no les satisfacía el paladar. Juro que si quisiera escuchar algo verdaderamente horrible, algo que me disguste en absoluto, algo que me provoque náuseas,

entonces, y sólo entonces, me pondría el programa de Losantos.


Roberto S. Caudet