El miércoles pasado se cumplía el primer aniversario del fallecimiento de Michael Jackson y los medios de comunicación de todo el globo se hicieron eco del “acontecimiento”. Tenía un artículo preparado para la ocasión pero al final opté por otro tema más social. Así que me ocuparé del señor Jackson hoy. Con permiso de sus fans, a los que recomiendo no seguir leyendo.
La carrera artística de Michael Joseph Jackson es absolutamente intachable, no cabe duda. Más de diez discos en el mercado, apariciones varias en películas (a destacar El Mago de Öz en su versión negra –esta última palabra me encanta-), giras de más de dos años, varias docenas de premios internacionales, varios centenares de discos de oro, platino, brillante y hasta con satélites pululando alrededor y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood conseguida con menos de 30 años. Intachable, repito.
Seguramente todos recordaréis canciones míticas como Thriller, Beat it… No culpes a la nocheee. No culpes a la playaaa. No culpes a la lluviaaaa. Será que no me amas. Pues no, Michael, no te amo. Y jamás he entendido como nadie puede hacerlo. Analicemos la situación más detenidamente...
Michael Jackson físicamente. La opinión pública tachará el comentario de superficial pero me gustaría saber con cuántas personas que físicamente no os atraen en absoluto habéis mantenido relaciones sexuales. ¿Ninguna? ¿Menos? Gracias. Es cierto que el cantante fue atractivo en algún momento de su vida, pero con el paso del tiempo y de las numerosas –decenas, docenas, centenares, miles de millones- operaciones, el señorito Jackson degeneró en una mezcla patética y deforme de plástico seco y duro con pequeñas dosis de dermis.
No concibo una parte de su cuerpo que no estuviera destrozada. Deteriorada. Venida a muy menos. Si alguien quisiera dibujar una caricatura del cantante, seguramente haría un dibujo con tiza blanca y pondría un triángulo perfecto como la punta de su nariz. Raya al medio de un pelo grasiento y sin vida y una mirada entre patética y desgarradora. Todo bajo un paraguas y rodeado de cientos de escoltas. Y todo blanco. Muy blanco. Tan blanco como los anuncios de Ariel. Seguramente a la primera persona a la que se le apareció la señorita de Neutrex fue a Michael Jackson. Tal fue la obesión con el futuro blanco anacarado que el cantante se sometió a toda una serie de procedimientos –nunca operaciones, según el propio Michael- para aclararse la piel.
Y es que cuánto más blanco, más feliz era mi odiado de hoy. Lo cual se me antoja como surrealista. ¿Por qué entonces el pueblo negro lo quería tanto? ¿No se dan cuenta del rechazo a toda la raza? Vamos, que el único que se salvaba de la matanza de Hitler de todos ellos era él, Michael. No llego a saber si hay alguna parte de su cuerpo que no estuviera operada. Sí, una sí sé. Su pene. Perdón.
Precisamente gracias a este miembro del cuerpo de Jackson pasamos al punto dos: Michael Jackson psíquicamente. El artista, por definirlo de alguna manera, fue acusado hasta su muerte de haber violado a numerosos menores. Él mismo confirmaba que se acostaba con niños para “protegerlos”. Miedo me da saber qué habría hecho si le hubieran dicho que estaban en peligro de extinción. Estaría mal que no escribiese también que uno de los niños que demandó al cantante confesó a un canal estadounidense que lo había hecho bajo las órdenes de sus padres y por dinero. Aplausos. Si no sucedió tal acto sexual, ¿cómo pudo identificar el órgano sexual de Jackson? ¿Cómo sabía de la peca negrita que tenía el blanquito en su penecito? ¿Y cuando era negro, la peca era blanca?
Ese es otro asunto del que me ocuparé en otro momento, si eso. Estaréis todos de acuerdo que uno pudo haber “mentido”. ¿Y el resto? ¿Todos por dinero? Pues qué raro que Ivonne Reyes no dijese que el hijo era también de Michael y no de Pepe Navarro. No me satisface… En cualquier caso, también recordaremos las terribles imágenes en las que Jackson amenazaba –jugaba, fingía, escenificaba- con tirar a uno de sus hijos por el balcón de un hotel. Y la cantidad de veces que ha ocultado el rostro de las criaturitas con pesados burkas. También los quería proteger de los periodistas. Para que no se convirtieran en elementos fácilmente identificables. Por eso los disfraza. Muy coherente.
Una tras otra, las excentricidades de Jackson se fueron acumulando y pesaban más que su carrera. Una balanza que caía hacia el lado negativo y que sólo ha variado tras la muerte del cantante. Su familia, primero víctima y ahora enfrentada por el dinero, comparecían ante los medios de todo el mundo previos cheques millonarios. Sus objetos eran subastados. Su funeral, televisado -¡Y cantado!-. Sin vida íntima. Sin un ápice de historia privada. Todo fue público en la vida de Michael Jackson, que un buen día estalló.
Su vida no fue más fuerte que los negocios que crecían a sus espaldas. Y que se multiplicaron tras su muerte. No hablo de conspiración, pero recapacitad vosotros mismos. Jackson era una persona enferma. Visiblemente enferma. Una marioneta para su representante. Una fuente de ingresos para su alrededor. Un blanco fácil –perdón- para los medios. Él mismo tan sólo era una pequeña llama de cerilla de su propia vida. Y una vez cumplida su función, la llama se apagó. Hace ya un año. Descanse en paz. Dejadle hacerlo.
Roberto S Caudet







